Nosofobia: miedo a enfermar

Hoy en día, preocuparse por mantener una buena salud física y evitar conductas que incrementen las probabilidades de contraer una enfermedad son una premisa en nuestras vidas. Sin embargo, esta preocupación puede tornarse problemática si se convierte en un miedo intenso y desproporcionado, estando entonces, ante un cuadro llamado nosofobia o trastorno de ansiedad por enfermedad.

¿Qué es la nosofobia?

La nosofobia se trata de un trastorno de ansiedad, concretamente es una fobia caracterizada por un temor excesivo e irracional a llegar a padecer una enfermedad grave. Esta preocupación ha de existir durante al menos 6 meses y producir un malestar clínicamente significativo o un deterioro en el ámbito laboral, social u otras áreas importantes del funcionamiento del sujeto.

La persona que la padece presenta una gran preocupación, no por los síntomas, sino por la creencia o idea de que se tiene o se puede tener una enfermedad. Dicha creencia se basa en la interpretación incorrecta y catastrófica de sensaciones y signos corporales como evidencia de enfermedad grave. Esta no desaparece tras el reaseguramiento médico ni la evidencia que demuestre que no está enferma. La insatisfacción con los resultados de la evaluación médica se explica porque, la ansiedad y angustia de los sujetos con nosofobia no emana de la afección física en sí, sino del significado, importancia y causa que atribuyen a la afección. Esto causará una gran sobrecarga de los servicios de salud y de los profesionales de atención médica, ya que la persona seguirá solicitando pruebas médicas para conseguir mitigar sus preocupaciones. Además, esta preocupación acerca de estar o poder estar enfermo asume un papel principal en su vida, afectando a su identidad, actividades diarias e imagen corporal.

En el caso de que el signo físico o síntoma esté presente, normalmente se trata de una sensación somática normal (como marearse al ponerse bruscamente de pie), a una disfunción benigna (como los acúfenos transitorios) o un malestar corporal no indicativo de enfermedad (como los eructos). En caso de que haya una enfermedad presente, la preocupación y ansiedad de la persona es exagerada y desproporcionada para con la gravedad de dicha enfermedad.

Puede que ante esta definición se te venga a la cabeza el concepto de hipocondría, sin embargo, estos dos conceptos sólo comparten la característica de que el sujeto realiza un uso excesivo de los servicios de salud. En la siguiente tabla os presento algunos criterios que nos van a permitir diferenciar ambos cuadros:

Actualmente el término hipocondría ha sido eliminado como etiqueta diagnóstica por la Asociación Americana de Psiquiatría (APA) por presentarse como un concepto heterogéneo, peyorativo y estigmatizante entre otras. Además, el APA ha introducido dos nuevos conceptos en el DSM-5 (Manual Diagnóstico y Estadístico de Trastornos mentales) que reemplazan al de hipocondría: trastorno de síntomas somáticos y trastorno de ansiedad por enfermedad. La diferencia entre estos dos trastornos reside en los síntomas disruptivos, corporales y angustiantes presentes en el trastorno de síntomas somáticos y ausentes (o poco presentes) en la nosofobia.

¿Por qué se produce?

Sus causas han venido siendo explicadas desde diferentes puntos de vista:

  • Desde la perspectiva del desarrollo se afirma que sus causas están relacionadas con las actitudes parentales hacia la enfermedad física, experiencias previas de la persona con afecciones físicas y sus actitudes adquiridas de la cultura hacía dichas dolencias.
  • Desde la perspectiva del aprendizaje social se plantea que el estigma social asociado a los trastornos mentales lleva a las personas a interpretar lo que les pasa apelando a cuestiones físicas y no mentales, ya que padecer una enfermedad orgánica se considera más “real” que padecer una enfermedad mental.
  • Desde la perspectiva cognitivo conductual sitúa el foco en los bajos umbrales y escasa tolerancia de la persona ante el malestar. En sus ideas sobrevaloradas dotadas de gran emocionalidad y no racionalidad que les hacen mantener sus creencias acerca de la presencia o posible presencia de enfermedad cuando todo apunta a lo contrario. Y en la tendencia a malinterpretar sus síntomas corporales magnificando y aumentando sus sensaciones somáticas ya que, al prestar más atención sobre ellos, los intensifican aumentando así también su ansiedad y empeorando dichos síntomas produciéndose así, un círculo vicioso.
  • Desde la perspectiva psicoanalítica se expone que, en la nosofobia, la persona transfiere los deseos hostiles y agresivos que tiene hacía los demás en quejas físicas, hace esta transferencia para evitar confrontar conscientemente dichos deseos inaceptables.
  • Desde la perspectiva biológica se ha observado que en la nosofobia parecen estar presentes las mismas alteraciones neuroquímicas que en la depresión y en otros trastornos de ansiedad. Esto podría explicar la gran tendencia de estos trastornos de aparecer juntos, el porqué de que muchos de sus síntomas se superpongan y explicar porque se pueden llegar a beneficiar de los mismos tratamientos, como por ejemplo, de los inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina o la terapia cognitivo conductual.
  • Desde la perspectiva fisiopatológica pareciera existir una pareciera existir una hipersensibilidad a las sensaciones corporales normales. Enlazando esta idea con la teoría cognitivo conductual, esta hipersensibilidad llevaría a las personas a desarrollar una serie de sesgos cognitivos que les harían a interpretar cualquier síntoma físico como una enfermedad grave. Esta hipersensibilidad también se relaciona con el concepto de “amplificación sensorial” que intenta explicar cómo el malestar psicológico lleva a tener una mayor sensibilidad y reactividad a los síntomas físicos.

Como resumen, podemos decir que las características principales de la nosofobia son:

  • Atribución errónea e interpretación catastrófica de signos físicos
  • Tendencia a malinterpretar los síntomas y signos físicos inocuos como evidencia de padecer una enfermedad grave
  • Ansiedad asociada a estas malinterpretaciones que produce cambios en su comportamiento como: conductas de evitación y seguridad, búsqueda repetida de tranquilización, aumento de la focalización de la atención sobre el cuerpo, comprobaciones corporales y atención selectiva a informaciones relacionadas con la enfermedad.

¿Cómo puedo solucionarlo?

La solución a este problema va a pasar por enfrentarse a lo que nos ocasiona el miedo irracional e intenso. Existen diferentes terapias psicológicas que se han mostrado eficaces en esta tarea. La más eficaz es la exposición en vivo, en donde la persona tendrá que exponerse a los síntomas, pensamientos o situaciones temidas que le provocan ansiedad. Este tratamiento puede combinarse con la terapia cognitivo-conductual donde se añaden otras técnicas como son la reestructuración cognitiva o técnicas de relajación que permitirán a la persona manejar más eficazmente los síntomas de la nosofobia.

Los autores Mathews, Gelder y Johnston nos dan algunas pautas sobre como poder afrontar una situación de pánico, estas pautas pueden ser adaptadas a la nosofobia y ayudarte a sobrellevar mejor esos momentos donde la preocupación se adueña de tú vida:

  1. Piensa que, las sensaciones que tienes no son más que reacciones corporales normales a los estímulos del ambiente o estímulos internos, no son signo o síntoma inherente de enfermedad.
  2. Estas sensaciones no son perjudiciales ni peligrosas; solamente desagradables.
  3. Intenta dejar de aumentar la ansiedad con pensamientos atemorizadores.
  4. Observa lo que está sucediendo en tú entorno, no focalices solo la atención en lo que sientes y en tus pensamientos catastrofistas.
  5. Observa que cuando dejas de aumentar tus pensamientos catastrofistas, la ansiedad y el miedo comienzan a desaparecer.
  6. Sé paciente y espera a que la ansiedad vaya disminuyendo poco a poco. No luches ni huyas de ella. Simplemente acéptala y vive la situación tal y como se está dando.
  7. El objetivo es aprender a afrontar el miedo y la ansiedad enfrentándose a ellos, no evitándolos.

Si bien estas pautas puedan ayudarte a sobrellevar algunos momentos de ansiedad no sustituyen a un tratamiento psicológico. Si sientes que el miedo comienza a dominar tú vida, no dudes en pedir ayuda de un profesional.

 

Referencias bibliográficas:

Almalki, M., Al-Tawayjri, I., Al-Anazi, A., Mahmoud, S., & Al-Mohrej, A. (2016). A recommendation for the management of illness anxiety disorder patients abusing the health care system. Case reports in psychiatry2016.

American Psychiatric Association. (2015). Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales. DSM 5. Madrid: Panamericana.

Feliú, M. T. (2014). Los Trastornos de Ansiedad en el DSM-5. Cuadernos de medicina psicosomática y psiquiatria de enlace, (110), 62-69.

Torales, J. (2017). Help me doctor, I’m very sick! An update on the classic hypochondria to the current illness anxiety disorder. Revista Virtual de la Sociedad Paraguaya de Medicina Interna4(1), 77-86.

 


Mónica Álvarez

Nº Col. O-03091

Ética y dependencia a la terapia

Nuestra profesión está llena de estigmas de todo tipo. Los y las profesionales de la Psicología solemos luchar contra todos ellos, pero a veces, somos quienes fomentamos alguno de estos estigmas. ¿De qué forma? Realizando malas praxis, por ejemplo.

Existen, al igual que en cualquier área profesional, malas prácticas profesionales. El problema viene cuando alguien que va al psicólogo sufre esas malas praxis y no se da cuenta. ¿Es posible que nuestro psicólogo esté realizando prácticas poco éticas sin que nos demos cuenta? Sí, siempre y cuando no conozcamos el código deontológico del psicólogo (e incluso en ese caso, también podría ser).

De hecho, las formas más sutiles de faltas a la ética profesional son las relativas a la aparición de intereses personales (económicos, sobre todo). La psicología, como disciplina compleja, en la que existen muchas variables que han de tomarse en cuenta, puede llegar a generar confusión a los pacientes o usuarios, ya que es posible que ante la misma situación, dos terapeutas traten a una persona de forma muy diferente.

Esta misma complejidad es Continuar leyendo «Ética y dependencia a la terapia»

Autoestima: ese concepto del que tanto se habla y que a tantos nos cuesta que sea siempre «alta»

Todos en algún momento hemos escuchado hablar sobre el concepto de autoestima, muchos te habrán dicho, es que tienes la autoestima  baja, es que no te quieres, no te valoras…o todo lo contrario: ¡Hay que ver lo que se quiere esta persona!, se nota que tiene una alta autoestima…

Pero…¿qué es realmente la autoestima?, ¿cómo se consigue?,¿ qué hacemos con ella?, ¿es siempre la misma?. Estoy segura que muchos de nosotros nos hemos parado a reflexionar alguna vez sobre estas cuestiones, especialmente en momentos difíciles para nosotros, donde nos encontramos perdidos y comúnmente decimos “ es que estoy de bajón”. Vamos a ello…

Hablemos de autoestima

La autoestima es el conjunto de percepciones, imágenes, pensamientos, juicios y afectos sobre nosotros mismos. Es lo que yo pienso y siento sobre mí. La satisfacción de cada uno respecto de sí mismo. Es el resultado de la autoevaluación que cada cual hace de sí mismo. Esto nos lleva al término “AUTOCONCEPTO” ya que la autoestima se fundamenta en él. Todos tenemos una imagen mental de nosotros mismos, es decir una percepción y una idea de cómo somos tanto física como psicológicamente, esta autopercepción forma un concepto mental de quien y como somos. Y la autoestima podría definirse como el resultado emocional de la aceptación o no de nuestro autoconcepto.

Esta imagen la vamos creando a lo largo de nuestra vida, empieza a formarse desde la infancia y va a depender de toda nuestra historia personal, las situaciones que atravesamos y cómo éstas nos afectan, asi como nuestra capacidad para gestionarlas, creando todo esto una forma de vernos y valorarnos.
Esta idea de nosotros mismos puede coincidir con la idea que los demás tienen de nosotros o no, incluso esta idea puede coincidir con la realidad o no, pero cuanto más realista sea esta idea, más adecuada será nuestra interacción con el ambiente que nos rodea, más nos aceptaremos a nosotros mismos, mayor será nuestra capacidad de crecimiento personal y más sólida será nuestra autoestima.

Es necesario tener en cuenta que la autoestima no es constante y fija, sino que varía en función de nuestra situación vital y nuestras circunstancias, así de cómo seamos capaces de tomarnos aquello que nos afecta. Además la autoestima se puede modificar, y es una de las razones comunes por las que se suele solicitar ayuda, con unas buenas herramientas y mejorando ese autoconcepto se puede conseguir una mejora en la autoestima.

Para que quede algo más claro….

Características

  •   No es innata
  •   Se desarrolla a lo largo de la vida
  •   Podemos modificarla
  • Está influenciada por el contexto

Componentes

  • Cognitivo: La descripción que tiene cada uno de sí mismo en las diferentes dimensiones de su vida. Incluye la opinión que se tiene de la propia personalidad y conducta, así como las ideas, creencias, etc. sobre sí mismo.
  • «Lo que pienso»
  • Afectivo: Es el resultado de la valoración que realizamos de la percepción de nosotros mismos. Supone un juicio de valor sobre nuestras cualidades personales, la respuesta afectiva ante la percepción de uno mismo.
  • «Lo que siento»
  • Conductual: Es el proceso final de la valoración anterior, que se plasma en la decisión e intención de actuar. Lógicamente, nuestras acciones vendrán muy determinadas por la opinión que tengamos de nosotros mismos.
  • “Lo que hago»

Personas con una alta autoestima suelen superar sus dificultades con más facilidad, disponen de una personalidad más afianzada, pueden ser más creativas e independientes, cuentan con más facilidad en sus relaciones tanto interpersonales como consigo mismo, y sienten que tienen el control de su vida.

Personas con una baja autoestima suelen ser inseguras y les cuenta confiar en sí mismas. Tienen dificultades para alcanzar sus metas, suelen autojusticarse atribuyendo a “Causas internas” las dificultades con las que se encuentran, adolecen de habilidades sociales para resolver conflictos y es muy común que estén presentes los sentimientos de culpa y temor ante el rechazo social.

Tener una alta autoestima o una autoestima saludable es algo que depende más de nosotros mismos que del exterior. Para eso importante llegar a conocerse bien, ver cómo somos capaces de afrontar las situaciones, si tendemos a atribuirnos muchas de las circunstancias negativas que nos ocurren a aspectos internos nuestros que no valoramos como cualidades y nos culpamos por ello. Es necesario ver quiénes somos, qué queremos y qué estamos haciendo para conseguirlo.

Para modificar la autoestima nos podemos encontrar con muchas herramientas si acudimos a internet, siempre hay pautas a seguir que nos pueden ayudar más o menos según nos cuadre con el momento vital en el que nos encontremos y lo comprometidos que estemos con llevarlas a cabo. Desde la psicología en sí, cada orientación psicológica y cada psicólogo tendrá su forma y sus procesos para llevar a cabo una mejora de nuestra autoestima.

Desde mi punto de vista, primero hay que conocerse a uno mismo, indagar el por qué de esa autoestima baja, qué circunstancias nos ayudaron a crearla y a tener el autoconcepto que a día de hoy tenemos. Al haberse formado en la infancia, la falta de autoestima ha sido creada por la perspectiva de un niño y seguramente esté sesgada. Como no podías entender lo que estaba pasando realmente, es muy útil volver a buscar su origen y replantear tus creencias. Te propongo algo…pregúntate el por qué de tus miedos, por qué tienes esos pensamientos e ideas acerca de ti.

Y una vez podamos hablar de ello de una forma clara, seamos conscientes de lo que ha ido sucediendo y cómo nos hemos ido sintiendo y creando esa autoimagen, seamos capaces de aceptarlo y aceptarnos y comencemos a potenciar ese cambio con pequeños pasos. Todo esto con el fin de aceptar nuestras debilidades y fortalezas para reconocer así nuestro propio valor.

 


Iris Flores
Nº Col.  P-02039

Locura deportiva, ¿Qué es y para que sirve un psicólogo deportivo?

Cuando digo que soy psicóloga deportiva suele suscitar reacciones de muy diversos tipos: desde aquellos que piensan que sólo trabajamos con deportista lesionados o que tienen problemas, hasta los que creen que sólo nos dedicamos a trabajar con deportistas como Rafa Nadal o Tiger Woods, o en equipos como el Real Madrid o Los Ángeles Lakers. Lo que si coincide siempre es que todo el mundo conoce alguien que lo necesita, pero nadie lo pide para su club, escuela o como deportista individual porque “está todo bien”.

Aunque por suerte, cada vez son más los que conocen esta disciplina, aún es curioso lo que suele pasar cuando se plantea la figura del psicólogo deportivo dentro de un club o equipo, muchos deportistas y personal del cuerpo técnico muestran reticencias, ya que ven innecesaria esta figura, ¡No estamos locos, no lo necesitamos! Suelen decir.

Bien, siento daros una “mala noticia”, (nótese la ironía) la psicología deportiva no es para los locos, ni sólo para los más TOP del deporte. Esta disciplina es eficaz no sólo en el ámbito del alto rendimiento deportivo; se ha demostrado ampliamente su utilidad desde las categorías competitivas más bajas a las primeras ligas nacionales e internacionales, y desde los primeros años de iniciación deportiva, hasta la retirada o abandono deportivo.

Todos tenemos claro que es importante la preparación física, la técnica, la táctica y la alimentación si queremos conseguir buenos resultados deportivos. Y en estos aspectos todos los equipos luchan cada día por mejorar, lo que hace que se encuentren en niveles muy similares. Sin embargo, sólo aquellos que se preocupan por trabajar aspectos psicológicos son los que marcan la diferencia.

Ahora bien, reflexionemos: ¿Cuánto tiempo dedicamos al entrenamiento semanal de aspectos psicológicos? Atención, concentración, toma de decisiones, comunicación, activación, control emocional, gestión del error… Seguramente no lo suficiente.

Además, aquellas canteras que han incluido estos aspectos en la formación de sus jugadores desde pequeños, no sólo obtienen por lo general mejor rendimiento deportivo; los valores que estos niños y niñas adquieren suelen ser valores útiles tanto en el deporte como en la vida, fomentando un desarrollo integral de su personalidad.

¿Cómo trabaja un psicólogo deportivo?

Los psicólogos deportivos trabajamos con las mismas técnicas que puede utilizar otro psicólogo, sólo que las aplicamos al ecosistema deportivo. Además, podemos trabajar a nivel individual y/o grupal, en función de las necesidades, el tipo de deporte, o el papel que esa persona desempeñe entro del deporte.

En primer lugar, evaluamos cuales son estas necesidades a través de entrevistas y cuestionarios. Lo que nos permite hacer un análisis de cuales son las habilidades que posteriormente debemos entrenar.

Posteriormente se plantean actividades y ejercicios, dentro y fuera de los entrenamientos, donde la práctica de esta habilidad por parte del deportista es clave para la integración de la misma en su rutina deportiva. No hacemos magia, dotamos a los deportistas de estrategias y herramientas para que mejoren sus habilidades y capacidades, y en consecuencia su rendimiento deportivo y su desarrollo personal y profesional; es el deportista el que debe poner en marcha esos aprendizajes y con la práctica ir integrando estos aprendizajes en sus rutinas.

Finalmente vamos acompañando al deportista y realizando los ajustes necesarios para continuar con este proceso de mejora.

En el caso del trabajo con canteras, con los más pequeños, los entrenadores y padres juegan un papel fundamental. Aunque se pueden hacer muchas actividades y juegos donde practicar ciertas habilidades psicológicas y donde desarrollar valores, los niños y niñas confían plenamente en sus padres y sus entrenadores.

Por ello, los psicólogos deportivos que trabajamos con deporte base centramos nuestras fuerzas en la formación de entrenadores y padres. Con la intención de que estos aprendizajes puedan trasladarse a actividades dentro y fuera del deporte.

¿Para que me puede servir a mí?

Bien, que los psicólogos deportivos somos útiles en la recuperación de lesiones y cuando hay un problema: ansiedad, mala gestión del error, depresión tras retirada deportiva, miedo ante una competición, etc. De eso no le cabe duda a nadie, sin embargo, vamos a ver en qué momentos puede ser útil la psicología deportiva cuanto “todo va bien”:

  • La pretemporada:

Los psicólogos deportivos ayudamos a directivas y cuerpos técnicos en la planificación de la temporada, el establecimiento de objetivos a corto, medio y largo plazo, y la evaluación continua de los mismos.

Además, lo inicios siempre cuestan, tener un apoyo para los deportistas en estos inicios de la nueva temporada es muy útil para poner en marcha estos objetivos y los propios de cada deportista. El asesoramiento aquí puede ser clave para evitar futuros conflictos.

Desarrollar una buena cohesión de grupo y un buen trabajo en equipo es fundamental en esta parte de la temporada.

  • La temporada:

Todo tipo de aspectos psicológicos tienen cabida durante la temporada, atención, concentración, comunicación, liderazgo, toma de decisiones, gestión emocional, autoconocimiento, autocontrol, trabajo en equipo, definición de roles, valores, etc.

  • El final de la temporada:

La carga de toda la temporada y el desarrollo de la misma pueden haber llevado a muchas situaciones diferentes que tendrán más o menos peso en la carrera de deportistas y cuerpo técnico. El psicólogo deportivo puede ayudar en la gestión de todas estas situaciones y en el cierre adecuado de la temporada.

Espero este post os anime a entrenar también el área psicológica en todos los momentos de la temporada, contando siempre con el asesoramiento de un psicólogo especializado en deporte.

 


Lara Jiménez
Nº Col. CL-4751

Puedo vivir sin ti, hay manera

Estamos ante un cambio social donde, por fin, nos vamos dando cuenta que una vida sin pareja no es una vida incompleta.   Donde empezamos a entender que esa media naranja que tanto buscábamos era parte de nosotros mismos y  que el autocuidado es esencial para mantenernos vivos en unas vidas de constante cambio. La era de la supervivencia emocional donde la ausencia no implica la carencia. 

A su vez, la pareja también está evolucionando, desarrollando modos más adaptados a los nuevos valores.

Cuando hablamos de pareja, vamos a intentar distanciarnos del enfoque del amor romántico. No la  entendemos como una culminación de una tarea de la adultez sino como un grupo de apoyo. Como todo grupo, estructura social o red de apoyo tiene mecanismos sesgados, inválidos, incorrectos, desactualizados sobre los que trabajar.  La privacidad es uno de ellos.

Cuando se conforma una pareja, a veces, se intuye una renuncia implícita a la privacidad.  Una negación de la vida pasada y de los roles que hemos ocupado en los distintos ambientes de nuestra vida. Nuestros papeles de hijos, de padres, de amigos, de profesionales, de clientes, de pacientes, pueden ser  eclipsados. A su vez, parece que la pareja fuera asociada a un abandono de la individualidad y la autonomía. En consecuencia, tener pareja supondría siempre desatendernos a nosotros mismos.

¿Existe alternativa? Si, necesitamos un espacio propio dentro y fuera de la pareja, y este espacio debe ser creado por ambos (o más si hablamos de otros tipos de uniones) miembros de forma consciente, libre y voluntaria. Es necesario disponer de un  equilibrio entre la singularidad, la autonomía y la vivencia segura de intimidad, conexión y apoyo.  Crear un sistema de normas flexibles que nos permita mantener nuestra cohesión interna e interaccionar con los demás sistemas.

Una de las claves para conseguirlo es la comprensión. No catalogar los espacios personales de mi pareja, donde no soy invitado, como amenazantes. Se trata de aceptar el deseo de nuestra pareja de estar con otras personas, en otras actividades o con él/ella mism@.  A su vez, permitirnos este espacio a nosotros mismos. Hacer un ejercicio de análisis para no interpretar esta voluntad como una falta de compromiso o de deseo.

Como consecuencia,  estaremos más alegres, nos sentiremos  más seguros, tendremos  más autoestima, y estaremos mucho menos aburridos. Otra de las claves es que alejarnos de la situación de pareja nos permite la posibilidad de reprocesar lo que pensamos o sentimos. Esto va a facilitar la resolución de conflictos y el mantenimiento del deseo.

Por último, hay otros artículos donde ofrecen consejos concretos para preservar la privacidad. Recomiendan no compartir las claves de teléfono, redes sociales etc. Dividir las cuentas bancarias, revisar firmas y por supuesto, estar siempre en posesión de nuestros documentos personales.  ¿Es este el problema?

Personalmente, abogo por seguir construyendo, deconstruyendo y reconstruyendo. Conocernos, hablar, leer y escribir sobre el amor, la pareja, nosotros etc. Saber que mi pareja no va a utilizar mis claves, no sólo porque no las tenga sino porque no se permitiría vulnerar mi intimidad.

 


Laura Martínez
Nº Col. AN08893

Las tareas en terapia

A lo largo de mi experiencia pasando consulta he podido comprobar que cuando una persona está pensando en acudir a terapia psicológica, en ocasiones, cree que consistirá solamente en unas sesiones en las que se tratarán los temas que le preocupan o que le producen malestar y que, por arte de magia, lo que se trabaja dentro de la consulta durante esas sesiones hará que se solucionen las cosas fuera de ese espacio y tiempo. Se plantean la terapia como un proceso en el que es el terapeuta quien lleva el timón y que sólo por acudir ya sucederán cambios. Entienden el proceso terapéutico como algo en el que el consultante es un agente pasivo.

Bien, esto no es así.

Me explico… es cierto que el trabajo realizado durante las sesiones de terapia ayudan a que el bienestar del paciente aumente, a reformular ciertas cosas que le están preocupando, a ordenar un poco las ideas y pensamientos, a contrastar ciertas creencias que puede tener con la realidad, a plantear objetivos que quiera conseguir y que muchas veces no están claros debido, precisamente, a la problemática que lo trae a consulta, etc. Pero los cambios no suceden solo porque aparezca la figura del terapeuta: es necesario que el paciente sea un agente activo.

Como agente activo, el paciente tiene que querer realizar cambios en su vida para poder conseguir los objetivos que se plantee. Esto requiere un esfuerzo que implica que el paciente tiene que poner de su parte para que la terapia sea efectiva. Y no solo tiene que adquirir este rol activo durante las sesiones.

Con el objetivo de agilizar el proceso terapéutico y que las sesiones sean más efectivas, y por lo tanto su número para conseguir resultados sea menor, los psicólogos vamos un paso más allá: mandamos tareas.

¿Cómo que tareas? Yo siempre les explico a mis pacientes que es como cuando a los niños les ponen deberes en el colegio, las tareas sirven para “reforzar y ampliar” lo que se trabaja durante las sesiones, exactamente igual que los niños hacen sumas y restas para reforzar lo que han explicado en clase de matemáticas.

Las tareas terapéuticas son propuestas que el terapeuta realiza a sus pacientes para que las lleven a cabo en el tiempo que estarán sin verse entre una sesión y otra. Al igual que los propios psicólogos, las tareas pueden tener diferentes orientaciones, estilos, etc.

Vamos a profundizar un poco más en esto de las tareas terapéuticas…

  • ¿A quién se mandan? Las tareas pueden ser individuales o grupales, en función de lo que queramos conseguir, de quién acuda a consulta, etc. Por ejemplo, en una terapia familiar podemos mandar una tarea que tienen que llevar a cabo todos o, por el contrario, diferentes tareas a cada miembro.

 

  • ¿Son siempre las mismas? Las tareas se modifican dependiendo de las características del paciente y del estilo y enfoque del psicólogo. Además, en función del momento del proceso terapéutico en el que nos encontremos se mandan unas tareas u otras.

 

  • ¿Para qué sirven? Esto es algo que a veces conviene explicar en el momento en el que se mandan estas tareas, pero en otros casos el paciente no sabrá cuál es el objetivo hasta la próxima sesión. Todo esto no lo podemos desvelar para no estropear el efecto que tienen… Basta con saber que siempre se plantean para conseguir que el proceso terapéutico avance hacia el objetivo final.

 

  • ¿Son difíciles de realizar? El concepto “dificultad” es muy subjetivo. Es cierto que algunas tareas cuestan más que otras, y también depende del momento del proceso terapéutico en el que se manden y de la voluntad para llevarlas a cabo del paciente. Sin embargo, una tarea nunca se envía al azar, y está muy pensado en qué momento y de qué forma se presentará al paciente para que no le sea demasiado complicado llevarla a cabo y para que cumpla con su cometido de forma adecuada.

 

  • ¿Se tardan mucho en hacer? De nuevo la respuesta depende de muchos factores, pero en general no son tareas que ocupen mucho tiempo o que impidan desempeñar el día a día con normalidad. En ocasiones son cosas que hay que hacer en un momento del día, en otras sólo en ocasiones puntuales…etc.

Por lo tanto y como conclusión, remarcar que las tareas son muy útiles en terapia, y en muchos casos incluso resultan imprescindibles para conseguir el éxito del proceso terapéutico.

 


Libertad Clemente
Nº Col. CL-4218

¿Es aburrida tu pareja?

Dos personas se conocen una tarde en una reunión de amigos comunes, se atraen, se gustan, se desean, pongamos que intercambian teléfonos. Podría ser este el comienzo de lo que luego se convertirá con el tiempo y los sucesivos encuentros en lo que conocemos como relación de pareja (entendiendo que esta tiene formas muy diversas en el aspecto más amplio del término).

Probablemente el/la lector/a habrá oído hablar en alguna ocasión de las “fases” que una pareja, (entendiendo la misma como la unión sentimental entre dos personas que se rige por una serie de reglas concretas y -generalmente- acordadas por sus miembros) atraviesa a lo largo del tiempo.

Y con esto introduciríamos el primer factor fundamental: el tiempo

Continuemos con la pareja de nuestro ejemplo. En un primer momento empieza el aluvión de sentimientos, una etapa en la que los protagonistas son el deseo de pasar momentos con la otra persona y la intensidad en las emociones. El descubrir al otro es un proceso caracterizado por la novedad, a nivel neuroquímico todos los días es fiesta en nuestro cerebro y aunque cada persona lo viva de forma diferente este periodo es en la mayoría de los casos recordado por la presencia de momentos positivos y la poca frecuencia de las diferencias, puesto que al inicio de la relación nos enfocamos en las cosas que nos unen, dejando a menudo “las cosas que no s separan” para más adelante, ya si eso. En esta etapa se puede correr el riesgo de generar una imagen idealizada del otro y de la relación, algo que podría arrastrarse a momentos posteriores, generando dificultades diversas.

Digamos que nuestra pareja ha pasado los primeros momentos de exaltación amorosa y se encuentra en un punto en el que la confianza aumenta y con ello aparecen más piezas del puzzle de la otra persona. Empiezan a advertir las manías y la mirada, poco a poco (también a medida que nuestra fiesta cerebral deja paso a la resaca) se vuelve más “realista”. Este suele ser uno de los momentos “críticos”: si el motivo para juntarnos con la otra persona se ha basado exclusivamente en un aspecto, como por ejemplo (aunque hay varios) la atracción física, es posible que al dejar de ser una novedad y no encontrar otros nexos de unión, como la confianza, el apoyo mutuo, la buena convivencia, la capacidad de resolución de conflictos… un miembro de la pareja (o ambos) pierdan el único hilo que los mantenía juntos, suponiendo esto el fin de la relación.

Este sería uno de los motivos de ruptura, y quizás el más “claro” para los miembros de la pareja, pues de forma unidireccional o con acuerdo de ambos se hacen conscientes de que no quedan en la relación aspectos que se compartan, y por ende, aquello no tiene demasiado sentido. Pero no es el único motivo de ruptura en esta fase que sigue al enamoramiento, sino que en este punto muchas veces encontramos situaciones de mayor complejidad, al hilo del concepto que le da nombre a este artículo profundizaremos en una de ellas: el aburrimiento.

Tengamos en cuenta que cada pareja vive su relación con unos tiempos diferentes y, aún más importante,  dentro de la propia pareja también pueden existir diferencias. En ocasiones estas son percibidas como falta de compromiso (cuando una de las partes empieza a demandar más actividades fuera de la pareja, o no está “tan encima”) cuando en realidad es posible que uno de los miembros se sitúe aún en una fase inicial y el otro ha avanzado hacia un amor en el que no reinan solamente las emociones del enamoramiento.

Apartado de “preguntas frecuentes”

¿Llevas tiempo con tu pareja y sientes que te aburre?, ¿vuestra actividad sexual ha cambiado en diferentes aspectos?, ¿cada vez son más frecuentes las discusiones en detrimento de experiencias positivas juntos?, ¿no sabes si esto es normal o deberías finalizar tu relación?, ¿te descubres a ti mismo/a preguntándote a menudo si has dejado de querer a la otra persona?, ¿te atraen otras personas?

Todas estas preguntas aparecen en las clínicas de psicología a menudo, aunque primero se rumian con fuerza y asiduidad en las cabezas de muchas personas, y no existe una respuesta única, mágica y universal. Sin embargo, a través de la terapia se pueden adquirir y desarrollar las herramientas necesarias para que la persona sea capaz de analizar su situación y tomar decisiones en consonancia con lo resuelto.

Además, todas estas preguntas, que quizás el/la lector/a que hojea este post ha tenido alguna vez en su vida, pueden contestarse alegando que estos aspectos son completamente normales y habituales, y que por ende no tienen que suponer el fin de la pareja, pero también, dependiendo de cómo se gestionen y atiendan pueden derivar en todo lo contrario y suponer el punto final de los finales.

Indaguemos brevemente algunas de estas cuestiones que giran en torno al “aburrimiento” en la pareja.

1. Nuestra vida sexual ha cambiado. Este es un aspecto que, en sí mismo, daría para mucho escribir. Lo que desde la psicología (aunque más específicamente desde la sexología) observamos los y las profesionales es que el deseo sexual, así como la atracción u otros factores que entran en juego en las relaciones afectivo-sexuales, no son elementos estáticos sino dinámicos. Esto implica que la pareja necesite adaptarse y readaptarse continuamente a lo largo del tiempo, que pase por periodos de mayor inactividad o deseo y que, en ocasiones, pueda beneficiarse de la búsqueda de ayuda en este sentido, ya sea para encontrar nuevas formas de disfrute, tener una mayor asertividad sexual o solucionar alguna dificultad a este nivel. 

2. Siento que mi pareja me aburre. ¿Recuerdas alguna relación que no sea de pareja en la que esto te haya ocurrido?, ¿un/a amigo/a?, ¿familiares?, ¿hermanos/as? los seres humanos estamos en constante construcción y muchas veces sentimos la necesidad de que éste se traslade también a las relaciones que mantenemos con los otros. Si ya eres adulto/a puede que recuerdes la época en la que vivías con tus padres de forma diferente según tu etapa vital, en la pareja puede suceder que llegados a un punto perdamos aquello de “todo es nuevo” y nos instauremos en la monotonía, creemos (y digo creemos porque esto no es posible) que ya hemos conocido todo de la otra persona y nos metemos en esa nube gris. Puede que si probásemos con un/a amigo/a a permanecer tanto tiempo como con nuestra pareja haciendo siempre cosas parecidas el hastío acabe con nosotros/as. Las relaciones (de todo tipo) son como las plantas, requieren un cuidado y una atención, si vemos que en un ambiente se marchitan quizás debamos colocarlas junto a la ventada. Esto no quiere decir que haya que esforzarse hasta la extenuación ni que haya que convertir la pareja en un parque de atracciones todo el tiempo de un lado para el otro para que no sea aburrida, pero es importante buscar el término medio, el tiempo para cada uno y las cosas positivas en conjunto. Es decir, que a menos que sea un cactus riegas tu planta se va a morir.

3. Estamos todo el día discutiendo. Las personas con las que convivimos pueden tornarse fácilmente en el objetivo de nuestros desplantes, el testigo de nuestros días rojos (como decía Audrey en desayuno con diamantes) y, en definitiva, también de la peor versión de nosotros, y así bidireccionalmente. Esto puede convertirse en un campo de batalla que vaya poco a poco generando una imagen de la otra persona al nivel del Grinch. Hagamos cuentas, pocos momentos positivos + discusiones frecuentes = aburrimiento e incluso hartazgo o indiferencia. De nuevo, si nos encontramos en esta situación debemos cambiar la dinámica, no estar de acuerdo en todo también nos permite flexibilizar y crecer a nivel personal, siempre y cuando reine el respeto y no estemos todo el día con la sensación de portar casco y chaleco antibalas. A veces la guerra se gana no peleando, y hay batallas que no merecen la pena.

4. Quizás esto es normal, le pasa a muchas parejas. Sí, le pasa a muchas parejas, y sí, determinadas de estas cuestiones son perfectamente “normales”, peeero…si vemos que un barco se hunde lo suyo sería que intentemos arreglarlo antes de que acabe en el fondo del mar, e incluso, esto puede hacer que salga fortalecido (sólo siempre y cuando nos guste nuestro barco). Nada cambia si no cambiamos nada, el aburrimiento puede ser un componente que no necesariamente sea nocivo para la pareja pero también funciona como un termostato para indicarnos el momento de actuar.

5. Igual ya no nos queremos. Llegados a este punto será muy importante diferenciar entre “ya no nos queremos” y “ya no nos queremos de la misma forma”. Si la resaca de la fiesta cerebral de la primera fase del enamoramiento ha pasado y no hemos construido nada más nos podemos encontrar en el “no quererse”. Sin embargo, si a esta fase de mariposeo le ha seguido la construcción de una relación en la que se comparten objetivos vitales (o éstos son compatibles), valores, necesidades, compresión, planes de futuro…en este caso es más probable que hayamos avanzado a un amor más futurible, lo cual no quiere decir que no haya también que trabajarlo.

6. Me atrae otra persona. Hay tantos tipos de pareja como parejas en el mundo, y cada una se rige por una serie de reglas explícitas o implícitas totalmente diferentes. La atracción por personas ajenas a la pareja, sin embargo, puede ser compartida independientemente de la apertura de la pareja (de si esta es más conservadora, monógama o todo lo contrario). Es decir, que no elegimos que las personas nos atraigan o no, porque la atracción no es una elección igual que tampoco lo es la tristeza o los pensamientos que rondan mi cabeza. Que otra persona nos resulte atractiva es algo que simplemente sucede, porque así es el ser humano. Por ello, este de por sí no debería ser considerado como un indicativo o una prueba de que ya no queremos a nuestra pareja. En este aspecto lo importante será gestionar esta nueva situación conforme a las reglas que se han establecido en la relación y con esto alcanzamos la conclusión fundamental de este artículo:

Háblalo

Comunicación, comunicación, y después, comunicación. Si hiciéramos un listado de los factores predictores de mayor éxito en las parejas éste es sin duda de los que encabezan la lista, y es que la mayoría de los conflictos en las relaciones surgen por problemas de comunicación (o la falta de ella). No es casualidad que sea de los aspectos que más se trabajan en terapia. Verbalizar cómo nos sentimos respecto a la otra persona (incluso si lo que sentimos es que sentimos menos) tiene un enorme poder para reconducir y mejorar la relación, o, en su defecto, para ayudar a ponerle fin de la forma más sincera y honesta.

En ocasiones ocurre que ese momento por el que estás pasando también lo está experimentando tu pareja, pero ninguno se atreve a pronunciarse por miedo a la reacción del otro, expresarlo y ponerlo encima de la mesa no sólo resulta liberador, sino que constituye en primer paso para buscar soluciones y a menudo contribuye a lograr una mayor unión de la pareja.

“Una pareja feliz no se elige un día para siempre, debe elegirse cada día”.

 


Pilar Rico
Nº Col. M-31466

 

Qué es un psicólogo y qué hace

El mundo de la psicología se ha encontrado históricamente asociado a multitud de mitos, prejuicios y falsas creencias, que han perpetuado el estigma de “ir al psicólogo”, asociando esto, a un estado de “locura” o bien, reduciendo la misma (la psicología) a una “cuestión de fe”. Muchos de estos clichés, todavía presentes en nuestra sociedad, ocasionan que algunas personas tengan fuertes resistencias a acudir a un psicólogo.  El objetivo del presente post es ayudar a comprender en qué consiste la figura de este y en qué puede ayudarnos, pero para ello; es necesario comprender el punto de partida: la psicología.

La Psicología, como tal, es la ciencia que se encarga de estudiar la conducta humana, entendiendo ésta; como un concepto que engloba cuestiones relacionadas con los procesos de aprendizaje, pensamiento, emociones y/o comportamientos. Desde la psicología, estudiamos tanto el desarrollo normativo y/o óptimo de determinados aspectos, como; aquellas situaciones problemáticas que puedan interferir en nuestro desarrollo adecuado. Así mismo, desde la vertiente más científica, disponemos de modelos explicativos de la conducta y de aquellas situaciones que puedan suponer una problemática, junto a técnicas adecuadas para la evaluación, el diagnóstico y/o su posterior tratamiento, además de estrategias eficaces, para la intervención.

Veamos, ahora sí, qué es un psicólogo, qué hace exactamente, en qué puede ayudarnos y cuando acudir.

Qué es un psicólogo

Al hablar de psicólogo nos estamos refiriendo a aquella persona, personal cualificado, que ha obtenido su título universitario (licenciatura o grado) en psicología. Dentro de la psicología como tal, existen distintas ramas y/o especialidades (clínica, social, educativa, laboral, comunitaria, etc.) pero, en lo que aquí concierne, nos vamos a referir a la vertiente más clínica. Se trataría de aquella persona, que, tras su licenciatura, ha realizado un máster en psicología general sanitaria y/o, su correspondiente habilitación de ésta, que le permite trabajar en el ámbito clínico privado.  El psicólogo clínico, como ya hemos comentado con anterioridad, está capacitado para evaluar, diagnosticar y tratar problemáticas de distinta índole que concierne a la psique humana.  El principal objetivo del psicólogo es que la persona adquiera las destrezas habilidades y /o recursos para hacer frente a su situación problema, así como, su correspondiente prevención de recaídas, para que esta logre una mayor calidad de vida.

Qué hace un psicólogo

Es importante comprender tal y como hemos comentado, que no es una cuestión de fe, sino que partimos de una ciencia que intenta dar respuesta y consta de distintos modelos explicativos hacia la conducta del ser humano. Tampoco damos consejos, ni leemos la mente, nos basamos en lo que hemos estudiado y lo que nos comunica el paciente, entendiendo este, como el principal agente activo de su proceso de cambio.

Partimos de distintas orientaciones como pueden ser: cognitiva, conductual, cognitivo-conductual, psicodinámica, humanista, gestáltica, etc. Estas distintas escuelas aportan su visión, pero todas, tienen el objetivo común de mejora de calidad de vida de sus pacientes. La psicoterapia como tal, es un proceso que implica cambio y que podríamos decir, a grandes rasgos, que consta de distintas fases:

  1. Demanda inicial: Es la primera toma de contacto entre psicólogo y paciente, generalmente se realiza por vía telefónica donde se recogen datos básicos de la persona y su motivo de consulta, el por qué quiere acudir a psicoterapia. Muchas veces lo que la persona verbaliza es simplemente un aspecto más de la complejidad de su situación.
  2. Fase de evaluación: Mediante entrevista y recogida de historia clínica, el psicólogo lleva a cabo la evaluación del caso, donde se pretende comprender qué nos ha llevado hasta la situación definida como problema actual.
  3. Fase de devolución y análisis del problema junto al paciente:  En esta parte del proceso, el psicólogo devuelve parte de los aspectos comentados y analizados con anterioridad, con el objetivo de hacer consciente y partícipe al paciente de su proceso de cambio. Cabe destacar que este es un agente activo y, por tanto, este será su rol en las sesiones de psicoterapia.
  4. Determinación de objetivos de tratamiento y plan de trabajo: Una vez comprendido que nos ha traído hasta aquí, se plantean objetivos de tratamiento que elaboran tanto paciente como psicólogo.
  5. Psicoterapia: Conocida como fase de trabajo donde se ponen en práctica los distintos objetivos estipulados con anterioridad. Se dan recursos y/o estrategias, el paciente se empodera y capacita para hacer frente a su día a día de forma autónoma.
  6. Prevención de recaídas: Es importante comentar previamente con el paciente, los estadios o procesos de cambio y contemplar la recaída, como un proceso más que no necesariamente lleva asociado “fracaso”, sino una señal más de su proceso, que hay que tener en cuenta y encajar.
  7. Alta/ Seguimiento: El alta se da cuando el paciente se encuentra con los recursos necesarios y evalúa que puede hacer frente su día a día, sin la necesidad de apoyo externo, es necesario facilitar la opción de posibles sesiones de seguimiento, la frecuencia de la mismas variará y será negociable entre ambos (tres, seis meses o un año) para ver cómo hemos seguido, transcurrido este tiempo.

Así mismo, el tiempo total del proceso terapéutico variará en función de la situación problema y del grado de cambio que tenga el paciente. 

En qué puede ayudarme

Ante cualquier situación donde la persona no se encuentre con las herramientas adecuadas para hacerle frente, como podrían ser, por ejemplo: situación de estrés, mala gestión emocional, proceso de duelo por pérdida de un ser querido y/o ruptura emocional, cambio de trabajo o despido. Ansiedad, depresión, estado de ánimo bajo, dificultades de aprendizaje, problemas de concentración y/o memoria, complejos, autoestima, asertividad, inseguridad personal y/o vital, habilidades sociales, timidez, etc.

Si te encuentras en una situación que no sabes como gestionar y te estás planteando iniciar un proceso terapéutico, te informamos que desde PSIKO, disponemos de un espacio habilitado para ti. Contamos con un amplio equipo de profesionales cualificados que estarán encantados de poder acompañarte durante tu proceso de cambio. ¡No temas pedir ayuda!

 


Verónica Vivero
Nº Col. COPC-19212

La Psicología y las personas mayores

Que la población está envejeciendo es un hecho indudable. Las mejores condiciones de salud, la ausencia de guerras en Occidente, entre otros factores, está promoviendo el aumento de la esperanza de vida. Según los datos del Instituto Nacional de Estadística (INE) actualmente, en España, la esperanza de vida se sitúa en 85,7 años para las mujeres y de 80,4 en el caso de los hombres. Las predicciones sitúan que ésta continuará aumentando.

Necesidades de las personas mayores

Por todo ello, nuestros mayores suponen una población con unas necesidades especiales que deben ser abordadas desde las distintas disciplinas que componen el ámbito socio-sanitario. En este post, os hablaré, desde mi experiencia, cómo la psicología aborda el trabajo con personas mayores.

Dentro de las estrategias de envejecimiento activo, cada vez son más las personas que acuden a asociaciones y centros de día en los que realizan distintas actividades adaptadas a sus necesidades y que favorecen su bienestar físico, cognitivo y emocional. Además, este trabajo se realiza desde los recursos más clásicos para las personas mayores como son las residencias.

El primer hándicap que nos podemos encontrar en este trabajo es que, realmente, la mayoría de las personas no reconocen la figura del psicólogo o la necesidad de acudir a este profesional. Realmente, el perfil de las personas mayores es totalmente heterogéneo. Como en el trabajo con otros colectivos, es realmente importante adecuarse a las necesidades de cada uno. A continuación, os muestro, de manera resumida, las principales funciones del psicólogo en estos centros:

Estimulación cognitiva

Se diferencia entre declive cognitivo que consiste en la leve pérdida del rendimiento cognitivo y es fruto del envejecimiento. Por otra parte, está el deterioro cognitivo característico de los distintos tipos de demencia y de la Enfermedad de Alzheimer. Por ello, a través de la estimulación cognitiva (conocida coloquialmente como la gimnasia del cerebro) se promueve el enlentecimiento de estos procesos que son degenerativos y la preservación, cuando es posible, de las funciones cognitivas.

Psicoterapia
Preocupaciones, ansiedad, temores, duelos, etc. Las personas mayores pueden requerir la ayuda de un profesional para el desahogo emocional y el apoyo a nivel terapéutico. La vejez, en sí misma, supone un proceso de duelo. La persona ve mermada sus capacidades cognitivas y físicas y esto supone un fuerte impacto emocional. Por otra parte, es importante hacer una revisión vital en la que cerrar conflictos del pasado, así como de la liberación de cargas que provoquen malestar en la persona.

Atención Familiar
En ocasiones, resulta tremendamente importante trabajar la adaptación familiar a las nuevas circunstancias y necesidades de la persona. Dentro de este apartado, toma especial relevancia la atención a las personas cuidadoras, trabajando el desahogo y otras estrategias para no caer en el síndrome del cuidador quemado.

Modificación de la Conducta
Debido al deterioro, pueden aparecer conductas que resulten problemáticas y para disminuirlas o eliminarlas, hay que programar una intervención a nivel conductual.  

Actividades de ocio y tiempo libre
Desde el departamento de Psicología también se participa en la planificación y ejecución de actividades que potencien el bienestar de nuestros mayores. Entre ellas, puede haber: celebración de fiestas, excursiones y visitas culturales, visionado de películas, etc. También, se desarrollan talleres específicos como técnicas de relajación y risoterapia.

Todo este trabajo no sería posible sin el apoyo de un equipo interdisciplinar en el que, además del papel de la psicología, se encuentra la figura del trabajo social, la fisioterapia, la terapia ocupacional y la enfermería, además del importante papel que realizan los auxiliares de enfermería.

 


Alejandra Muñoz
Nº Col. AN09995

¿La felicidad consiste en no sufrir?: La terapia de aceptacion y compromiso

Imagínate una tortuga que se dirige hacia su cueva, donde están sus crías. Pero la tortuga cada vez que llueve, cuando sopla el viento, cuando se topa con piedras, se mete en su caparazón. A veces sale del caparazón, avanza un poco, pero en cuanto ocurre a su alrededor algo inesperado se vuelve a meter. ¿Crees que de esta forma puede alcanzar lo que pretende? A lo mejor la alternativa es avanzar con todo el cuerpo fuera, en pleno contacto con el suelo, abierta a todo lo que pueda surgir en ese camino, notando todo lo que surja mientras avanza en la dirección a sus crías, el resto de tortugas… Probablemente no le gusten muchas de las cosas que estén en ese camino, o tal vez sí, pero eso es absolutamente distinto de su compromiso de avanzar por el sendero…

Esta es una metáfora que se utiliza en la Terapia de Aceptación y Compromiso, que sirve además como un reflejo fiel de algunos de los principios de esta terapia.

Empecemos por el principio.

¿Qué es la Terapia de Aceptación y Compromiso?

La Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT) es la terapia más conocida y utilizada dentro de las Terapias de Tercera Generación (o Terapias Contextuales). Aunque tiene un origen de hace casi 30 años, es en los últimos años en los que ha alcanzado más popularidad dentro y fuera de las consultas. Ya sea por la nueva “tecnología” que ofrece al psicoterapeuta para su ejercicio, su nuevo enfoque a la hora de abordar la salud psicológica, su visión de la psicopatología, o incluso sus coincidencias con la popularidad del mindfulness, lo cierto es que el lector puede que haya escuchado hablar de ella.

Pero ¿cómo entiende ACT el sufrimiento humano?

De forma explícita e implícita se impone la idea de que la felicidad se consigue con la ausencia de preocupaciones, miedos, dolor o cualquier sensación desagradable. Se enseña de forma sutil que lo desagradable no se debe tolerar, y que padecer algún problema es algo anormal que es incompatible con una vida adecuada. Es por ello que se orienta la vida para que sea más cómoda, placentera e indolora poniendo a disposición cualquier avance de nuestra sociedad.

Pero ahora viene lo paradójico, y es que lo lógico sería pensar que cuanto más desarrollado sea nuestro mundo y al ir disfrutando de mayores comodidades, nuestro sufrimiento y las cosas que nos perturban deberían disminuir. Lo lógico sería pensar que si se gana en calidad de vida los psicólogos y psicólogas cada vez harían menos falta. Pero respecto a los aspectos psicológicos la lógica a menudo pierde sentido. La realidad es todo lo contrario, no solo hay más personas sufriendo si no que aumenta la variedad de los problemas que se padecen.

Este el precio que se paga al vivir en una sociedad donde se exige estar bien continuamente, que enseña a reprimir cualquier emoción/sensación negativa, que bombardea con “pensar en positivo” y que implícitamente nos educa en que para actuar bien tengo que estar bien.

Toda esta lucha por evitar y/o controlar esas sensaciones desagradables casualmente genera más sufrimiento. Y por si fuera poco la gran mayoría de las veces, esta lucha nos aleja de las cosas que son valiosas en nuestra vida, como por ejemplo ir a la universidad, cuidar una relación de pareja o mantener en nuestra vida a personas importantes.

La visión de ACT respecto a este tema es muy sencilla, el sufrimiento humano es inherente a vivir. Es inevitable que mientras se viva se experimenten experiencias que aporten dolor o preocupaciones, eso significa que se está recorriendo el camino de la vida. Desde ACT se cree en que se puede “sentirse mal pero estar bien”.

¿Y esto como se hace?

Básicamente aceptando esas sensaciones desagradables y no dejando que lo que sentimos, pensamos o recordamos (esos eventos privados) controle nuestra vida. No se pueden eliminar pensamientos o emociones, pero si controlar cómo comportarse. Desde ACT se hace hincapié en abandonar la lucha con esos eventos privados desagradables que solo trae más sufrimiento, y dirigir la vida hacia donde se considere valioso para cada uno.

¿Qué herramientas utiliza ACT?

Se utilizan en ACT tanto técnicas ya utilizadas en otras terapias como otras novedosas. Al tener coincidencias en algunos principios con otras terapias, como por ejemplo terapias humanistas, hay ejercicios que se pueden incorporar plenamente a la terapia, sin olvidar en ningún momento los fundamentes y el marco teórico que diferencia a ACT de estas otras. Entre las técnicas utilizadas podemos encontrar las metáforas, ejercicios experienciales, ejercicios de mindfulness o clarificación de valores, sin olvidarnos de la más importante… el propio terapeuta.

En la metáfora que escribía al principio, para la tortuga, la lluvia, piedras, el viento serían como esos eventos internos desagradables (pensamientos, emociones, recuerdos, sensaciones…) que dificultan el camino. Por el contrario, el ir hacia sus crías simboliza el camino que a la tortuga le resulta valioso. Y el ir a su encuentro, a pesar de algunas cosas incómodas es el compromiso que tiene con lo que le importa en su vida.

Así pues, ACT es una terapia centrada en valores, en lo que de verdad le resulta valioso a cada persona. ACT no busca que se tome contacto y se acepten esos eventos privados incómodos sin motivo alguno, eso no tendría sentido. Lo que orienta la terapia es la dirección que marca cada uno hacia lo que considera importante.

Imaginemos un caballo y su jinete. El caballo representa todos esos eventos internos desagradables (emociones, pensamientos, recuerdos…). El objetivo de ACT es que, a pesar de hacia dónde intente ir el caballo, el jinete dirija su vida allá dónde considere importante y no en la dirección que su caballo prefiera, es decir, que coja las riendas.

Por eso, no estaría de más preguntarse, ¿quién marca el camino de mi vida?, ¿es mi caballo quién dirige?, o ¿soy yo quien lleva las riendas?

 


Jesús M. Calderón
Nº Col. M-31505