Locura deportiva, ¿Qué es y para que sirve un psicólogo deportivo?

Cuando digo que soy psicóloga deportiva suele suscitar reacciones de muy diversos tipos: desde aquellos que piensan que sólo trabajamos con deportista lesionados o que tienen problemas, hasta los que creen que sólo nos dedicamos a trabajar con deportistas como Rafa Nadal o Tiger Woods, o en equipos como el Real Madrid o Los Ángeles Lakers. Lo que si coincide siempre es que todo el mundo conoce alguien que lo necesita, pero nadie lo pide para su club, escuela o como deportista individual porque “está todo bien”.

Aunque por suerte, cada vez son más los que conocen esta disciplina, aún es curioso lo que suele pasar cuando se plantea la figura del psicólogo deportivo dentro de un club o equipo, muchos deportistas y personal del cuerpo técnico muestran reticencias, ya que ven innecesaria esta figura, ¡No estamos locos, no lo necesitamos! Suelen decir.

Bien, siento daros una “mala noticia”, (nótese la ironía) la psicología deportiva no es para los locos, ni sólo para los más TOP del deporte. Esta disciplina es eficaz no sólo en el ámbito del alto rendimiento deportivo; se ha demostrado ampliamente su utilidad desde las categorías competitivas más bajas a las primeras ligas nacionales e internacionales, y desde los primeros años de iniciación deportiva, hasta la retirada o abandono deportivo.

Todos tenemos claro que es importante la preparación física, la técnica, la táctica y la alimentación si queremos conseguir buenos resultados deportivos. Y en estos aspectos todos los equipos luchan cada día por mejorar, lo que hace que se encuentren en niveles muy similares. Sin embargo, sólo aquellos que se preocupan por trabajar aspectos psicológicos son los que marcan la diferencia.

Ahora bien, reflexionemos: ¿Cuánto tiempo dedicamos al entrenamiento semanal de aspectos psicológicos? Atención, concentración, toma de decisiones, comunicación, activación, control emocional, gestión del error… Seguramente no lo suficiente.

Además, aquellas canteras que han incluido estos aspectos en la formación de sus jugadores desde pequeños, no sólo obtienen por lo general mejor rendimiento deportivo; los valores que estos niños y niñas adquieren suelen ser valores útiles tanto en el deporte como en la vida, fomentando un desarrollo integral de su personalidad.

¿Cómo trabaja un psicólogo deportivo?

Los psicólogos deportivos trabajamos con las mismas técnicas que puede utilizar otro psicólogo, sólo que las aplicamos al ecosistema deportivo. Además, podemos trabajar a nivel individual y/o grupal, en función de las necesidades, el tipo de deporte, o el papel que esa persona desempeñe entro del deporte.

En primer lugar, evaluamos cuales son estas necesidades a través de entrevistas y cuestionarios. Lo que nos permite hacer un análisis de cuales son las habilidades que posteriormente debemos entrenar.

Posteriormente se plantean actividades y ejercicios, dentro y fuera de los entrenamientos, donde la práctica de esta habilidad por parte del deportista es clave para la integración de la misma en su rutina deportiva. No hacemos magia, dotamos a los deportistas de estrategias y herramientas para que mejoren sus habilidades y capacidades, y en consecuencia su rendimiento deportivo y su desarrollo personal y profesional; es el deportista el que debe poner en marcha esos aprendizajes y con la práctica ir integrando estos aprendizajes en sus rutinas.

Finalmente vamos acompañando al deportista y realizando los ajustes necesarios para continuar con este proceso de mejora.

En el caso del trabajo con canteras, con los más pequeños, los entrenadores y padres juegan un papel fundamental. Aunque se pueden hacer muchas actividades y juegos donde practicar ciertas habilidades psicológicas y donde desarrollar valores, los niños y niñas confían plenamente en sus padres y sus entrenadores.

Por ello, los psicólogos deportivos que trabajamos con deporte base centramos nuestras fuerzas en la formación de entrenadores y padres. Con la intención de que estos aprendizajes puedan trasladarse a actividades dentro y fuera del deporte.

¿Para que me puede servir a mí?

Bien, que los psicólogos deportivos somos útiles en la recuperación de lesiones y cuando hay un problema: ansiedad, mala gestión del error, depresión tras retirada deportiva, miedo ante una competición, etc. De eso no le cabe duda a nadie, sin embargo, vamos a ver en qué momentos puede ser útil la psicología deportiva cuanto “todo va bien”:

  • La pretemporada:

Los psicólogos deportivos ayudamos a directivas y cuerpos técnicos en la planificación de la temporada, el establecimiento de objetivos a corto, medio y largo plazo, y la evaluación continua de los mismos.

Además, lo inicios siempre cuestan, tener un apoyo para los deportistas en estos inicios de la nueva temporada es muy útil para poner en marcha estos objetivos y los propios de cada deportista. El asesoramiento aquí puede ser clave para evitar futuros conflictos.

Desarrollar una buena cohesión de grupo y un buen trabajo en equipo es fundamental en esta parte de la temporada.

  • La temporada:

Todo tipo de aspectos psicológicos tienen cabida durante la temporada, atención, concentración, comunicación, liderazgo, toma de decisiones, gestión emocional, autoconocimiento, autocontrol, trabajo en equipo, definición de roles, valores, etc.

  • El final de la temporada:

La carga de toda la temporada y el desarrollo de la misma pueden haber llevado a muchas situaciones diferentes que tendrán más o menos peso en la carrera de deportistas y cuerpo técnico. El psicólogo deportivo puede ayudar en la gestión de todas estas situaciones y en el cierre adecuado de la temporada.

Espero este post os anime a entrenar también el área psicológica en todos los momentos de la temporada, contando siempre con el asesoramiento de un psicólogo especializado en deporte.

 


Lara Jiménez
Nº Col. CL-4751

Puedo vivir sin ti, hay manera

Estamos ante un cambio social donde, por fin, nos vamos dando cuenta que una vida sin pareja no es una vida incompleta.   Donde empezamos a entender que esa media naranja que tanto buscábamos era parte de nosotros mismos y  que el autocuidado es esencial para mantenernos vivos en unas vidas de constante cambio. La era de la supervivencia emocional donde la ausencia no implica la carencia. 

A su vez, la pareja también está evolucionando, desarrollando modos más adaptados a los nuevos valores.

Cuando hablamos de pareja, vamos a intentar distanciarnos del enfoque del amor romántico. No la  entendemos como una culminación de una tarea de la adultez sino como un grupo de apoyo. Como todo grupo, estructura social o red de apoyo tiene mecanismos sesgados, inválidos, incorrectos, desactualizados sobre los que trabajar.  La privacidad es uno de ellos.

Cuando se conforma una pareja, a veces, se intuye una renuncia implícita a la privacidad.  Una negación de la vida pasada y de los roles que hemos ocupado en los distintos ambientes de nuestra vida. Nuestros papeles de hijos, de padres, de amigos, de profesionales, de clientes, de pacientes, pueden ser  eclipsados. A su vez, parece que la pareja fuera asociada a un abandono de la individualidad y la autonomía. En consecuencia, tener pareja supondría siempre desatendernos a nosotros mismos.

¿Existe alternativa? Si, necesitamos un espacio propio dentro y fuera de la pareja, y este espacio debe ser creado por ambos (o más si hablamos de otros tipos de uniones) miembros de forma consciente, libre y voluntaria. Es necesario disponer de un  equilibrio entre la singularidad, la autonomía y la vivencia segura de intimidad, conexión y apoyo.  Crear un sistema de normas flexibles que nos permita mantener nuestra cohesión interna e interaccionar con los demás sistemas.

Una de las claves para conseguirlo es la comprensión. No catalogar los espacios personales de mi pareja, donde no soy invitado, como amenazantes. Se trata de aceptar el deseo de nuestra pareja de estar con otras personas, en otras actividades o con él/ella mism@.  A su vez, permitirnos este espacio a nosotros mismos. Hacer un ejercicio de análisis para no interpretar esta voluntad como una falta de compromiso o de deseo.

Como consecuencia,  estaremos más alegres, nos sentiremos  más seguros, tendremos  más autoestima, y estaremos mucho menos aburridos. Otra de las claves es que alejarnos de la situación de pareja nos permite la posibilidad de reprocesar lo que pensamos o sentimos. Esto va a facilitar la resolución de conflictos y el mantenimiento del deseo.

Por último, hay otros artículos donde ofrecen consejos concretos para preservar la privacidad. Recomiendan no compartir las claves de teléfono, redes sociales etc. Dividir las cuentas bancarias, revisar firmas y por supuesto, estar siempre en posesión de nuestros documentos personales.  ¿Es este el problema?

Personalmente, abogo por seguir construyendo, deconstruyendo y reconstruyendo. Conocernos, hablar, leer y escribir sobre el amor, la pareja, nosotros etc. Saber que mi pareja no va a utilizar mis claves, no sólo porque no las tenga sino porque no se permitiría vulnerar mi intimidad.

 


Laura Martínez
Nº Col. AN08893

Las tareas en terapia

A lo largo de mi experiencia pasando consulta he podido comprobar que cuando una persona está pensando en acudir a terapia psicológica, en ocasiones, cree que consistirá solamente en unas sesiones en las que se tratarán los temas que le preocupan o que le producen malestar y que, por arte de magia, lo que se trabaja dentro de la consulta durante esas sesiones hará que se solucionen las cosas fuera de ese espacio y tiempo. Se plantean la terapia como un proceso en el que es el terapeuta quien lleva el timón y que sólo por acudir ya sucederán cambios. Entienden el proceso terapéutico como algo en el que el consultante es un agente pasivo.

Bien, esto no es así.

Me explico… es cierto que el trabajo realizado durante las sesiones de terapia ayudan a que el bienestar del paciente aumente, a reformular ciertas cosas que le están preocupando, a ordenar un poco las ideas y pensamientos, a contrastar ciertas creencias que puede tener con la realidad, a plantear objetivos que quiera conseguir y que muchas veces no están claros debido, precisamente, a la problemática que lo trae a consulta, etc. Pero los cambios no suceden solo porque aparezca la figura del terapeuta: es necesario que el paciente sea un agente activo.

Como agente activo, el paciente tiene que querer realizar cambios en su vida para poder conseguir los objetivos que se plantee. Esto requiere un esfuerzo que implica que el paciente tiene que poner de su parte para que la terapia sea efectiva. Y no solo tiene que adquirir este rol activo durante las sesiones.

Con el objetivo de agilizar el proceso terapéutico y que las sesiones sean más efectivas, y por lo tanto su número para conseguir resultados sea menor, los psicólogos vamos un paso más allá: mandamos tareas.

¿Cómo que tareas? Yo siempre les explico a mis pacientes que es como cuando a los niños les ponen deberes en el colegio, las tareas sirven para “reforzar y ampliar” lo que se trabaja durante las sesiones, exactamente igual que los niños hacen sumas y restas para reforzar lo que han explicado en clase de matemáticas.

Las tareas terapéuticas son propuestas que el terapeuta realiza a sus pacientes para que las lleven a cabo en el tiempo que estarán sin verse entre una sesión y otra. Al igual que los propios psicólogos, las tareas pueden tener diferentes orientaciones, estilos, etc.

Vamos a profundizar un poco más en esto de las tareas terapéuticas…

  • ¿A quién se mandan? Las tareas pueden ser individuales o grupales, en función de lo que queramos conseguir, de quién acuda a consulta, etc. Por ejemplo, en una terapia familiar podemos mandar una tarea que tienen que llevar a cabo todos o, por el contrario, diferentes tareas a cada miembro.

 

  • ¿Son siempre las mismas? Las tareas se modifican dependiendo de las características del paciente y del estilo y enfoque del psicólogo. Además, en función del momento del proceso terapéutico en el que nos encontremos se mandan unas tareas u otras.

 

  • ¿Para qué sirven? Esto es algo que a veces conviene explicar en el momento en el que se mandan estas tareas, pero en otros casos el paciente no sabrá cuál es el objetivo hasta la próxima sesión. Todo esto no lo podemos desvelar para no estropear el efecto que tienen… Basta con saber que siempre se plantean para conseguir que el proceso terapéutico avance hacia el objetivo final.

 

  • ¿Son difíciles de realizar? El concepto “dificultad” es muy subjetivo. Es cierto que algunas tareas cuestan más que otras, y también depende del momento del proceso terapéutico en el que se manden y de la voluntad para llevarlas a cabo del paciente. Sin embargo, una tarea nunca se envía al azar, y está muy pensado en qué momento y de qué forma se presentará al paciente para que no le sea demasiado complicado llevarla a cabo y para que cumpla con su cometido de forma adecuada.

 

  • ¿Se tardan mucho en hacer? De nuevo la respuesta depende de muchos factores, pero en general no son tareas que ocupen mucho tiempo o que impidan desempeñar el día a día con normalidad. En ocasiones son cosas que hay que hacer en un momento del día, en otras sólo en ocasiones puntuales…etc.

Por lo tanto y como conclusión, remarcar que las tareas son muy útiles en terapia, y en muchos casos incluso resultan imprescindibles para conseguir el éxito del proceso terapéutico.

 


Libertad Clemente
Nº Col. CL-4218

¿Es aburrida tu pareja?

Dos personas se conocen una tarde en una reunión de amigos comunes, se atraen, se gustan, se desean, pongamos que intercambian teléfonos. Podría ser este el comienzo de lo que luego se convertirá con el tiempo y los sucesivos encuentros en lo que conocemos como relación de pareja (entendiendo que esta tiene formas muy diversas en el aspecto más amplio del término).

Probablemente el/la lector/a habrá oído hablar en alguna ocasión de las “fases” que una pareja, (entendiendo la misma como la unión sentimental entre dos personas que se rige por una serie de reglas concretas y -generalmente- acordadas por sus miembros) atraviesa a lo largo del tiempo.

Y con esto introduciríamos el primer factor fundamental: el tiempo

Continuemos con la pareja de nuestro ejemplo. En un primer momento empieza el aluvión de sentimientos, una etapa en la que los protagonistas son el deseo de pasar momentos con la otra persona y la intensidad en las emociones. El descubrir al otro es un proceso caracterizado por la novedad, a nivel neuroquímico todos los días es fiesta en nuestro cerebro y aunque cada persona lo viva de forma diferente este periodo es en la mayoría de los casos recordado por la presencia de momentos positivos y la poca frecuencia de las diferencias, puesto que al inicio de la relación nos enfocamos en las cosas que nos unen, dejando a menudo “las cosas que no s separan” para más adelante, ya si eso. En esta etapa se puede correr el riesgo de generar una imagen idealizada del otro y de la relación, algo que podría arrastrarse a momentos posteriores, generando dificultades diversas.

Digamos que nuestra pareja ha pasado los primeros momentos de exaltación amorosa y se encuentra en un punto en el que la confianza aumenta y con ello aparecen más piezas del puzzle de la otra persona. Empiezan a advertir las manías y la mirada, poco a poco (también a medida que nuestra fiesta cerebral deja paso a la resaca) se vuelve más “realista”. Este suele ser uno de los momentos “críticos”: si el motivo para juntarnos con la otra persona se ha basado exclusivamente en un aspecto, como por ejemplo (aunque hay varios) la atracción física, es posible que al dejar de ser una novedad y no encontrar otros nexos de unión, como la confianza, el apoyo mutuo, la buena convivencia, la capacidad de resolución de conflictos… un miembro de la pareja (o ambos) pierdan el único hilo que los mantenía juntos, suponiendo esto el fin de la relación.

Este sería uno de los motivos de ruptura, y quizás el más “claro” para los miembros de la pareja, pues de forma unidireccional o con acuerdo de ambos se hacen conscientes de que no quedan en la relación aspectos que se compartan, y por ende, aquello no tiene demasiado sentido. Pero no es el único motivo de ruptura en esta fase que sigue al enamoramiento, sino que en este punto muchas veces encontramos situaciones de mayor complejidad, al hilo del concepto que le da nombre a este artículo profundizaremos en una de ellas: el aburrimiento.

Tengamos en cuenta que cada pareja vive su relación con unos tiempos diferentes y, aún más importante,  dentro de la propia pareja también pueden existir diferencias. En ocasiones estas son percibidas como falta de compromiso (cuando una de las partes empieza a demandar más actividades fuera de la pareja, o no está “tan encima”) cuando en realidad es posible que uno de los miembros se sitúe aún en una fase inicial y el otro ha avanzado hacia un amor en el que no reinan solamente las emociones del enamoramiento.

Apartado de “preguntas frecuentes”

¿Llevas tiempo con tu pareja y sientes que te aburre?, ¿vuestra actividad sexual ha cambiado en diferentes aspectos?, ¿cada vez son más frecuentes las discusiones en detrimento de experiencias positivas juntos?, ¿no sabes si esto es normal o deberías finalizar tu relación?, ¿te descubres a ti mismo/a preguntándote a menudo si has dejado de querer a la otra persona?, ¿te atraen otras personas?

Todas estas preguntas aparecen en las clínicas de psicología a menudo, aunque primero se rumian con fuerza y asiduidad en las cabezas de muchas personas, y no existe una respuesta única, mágica y universal. Sin embargo, a través de la terapia se pueden adquirir y desarrollar las herramientas necesarias para que la persona sea capaz de analizar su situación y tomar decisiones en consonancia con lo resuelto.

Además, todas estas preguntas, que quizás el/la lector/a que hojea este post ha tenido alguna vez en su vida, pueden contestarse alegando que estos aspectos son completamente normales y habituales, y que por ende no tienen que suponer el fin de la pareja, pero también, dependiendo de cómo se gestionen y atiendan pueden derivar en todo lo contrario y suponer el punto final de los finales.

Indaguemos brevemente algunas de estas cuestiones que giran en torno al “aburrimiento” en la pareja.

1. Nuestra vida sexual ha cambiado. Este es un aspecto que, en sí mismo, daría para mucho escribir. Lo que desde la psicología (aunque más específicamente desde la sexología) observamos los y las profesionales es que el deseo sexual, así como la atracción u otros factores que entran en juego en las relaciones afectivo-sexuales, no son elementos estáticos sino dinámicos. Esto implica que la pareja necesite adaptarse y readaptarse continuamente a lo largo del tiempo, que pase por periodos de mayor inactividad o deseo y que, en ocasiones, pueda beneficiarse de la búsqueda de ayuda en este sentido, ya sea para encontrar nuevas formas de disfrute, tener una mayor asertividad sexual o solucionar alguna dificultad a este nivel. 

2. Siento que mi pareja me aburre. ¿Recuerdas alguna relación que no sea de pareja en la que esto te haya ocurrido?, ¿un/a amigo/a?, ¿familiares?, ¿hermanos/as? los seres humanos estamos en constante construcción y muchas veces sentimos la necesidad de que éste se traslade también a las relaciones que mantenemos con los otros. Si ya eres adulto/a puede que recuerdes la época en la que vivías con tus padres de forma diferente según tu etapa vital, en la pareja puede suceder que llegados a un punto perdamos aquello de “todo es nuevo” y nos instauremos en la monotonía, creemos (y digo creemos porque esto no es posible) que ya hemos conocido todo de la otra persona y nos metemos en esa nube gris. Puede que si probásemos con un/a amigo/a a permanecer tanto tiempo como con nuestra pareja haciendo siempre cosas parecidas el hastío acabe con nosotros/as. Las relaciones (de todo tipo) son como las plantas, requieren un cuidado y una atención, si vemos que en un ambiente se marchitan quizás debamos colocarlas junto a la ventada. Esto no quiere decir que haya que esforzarse hasta la extenuación ni que haya que convertir la pareja en un parque de atracciones todo el tiempo de un lado para el otro para que no sea aburrida, pero es importante buscar el término medio, el tiempo para cada uno y las cosas positivas en conjunto. Es decir, que a menos que sea un cactus riegas tu planta se va a morir.

3. Estamos todo el día discutiendo. Las personas con las que convivimos pueden tornarse fácilmente en el objetivo de nuestros desplantes, el testigo de nuestros días rojos (como decía Audrey en desayuno con diamantes) y, en definitiva, también de la peor versión de nosotros, y así bidireccionalmente. Esto puede convertirse en un campo de batalla que vaya poco a poco generando una imagen de la otra persona al nivel del Grinch. Hagamos cuentas, pocos momentos positivos + discusiones frecuentes = aburrimiento e incluso hartazgo o indiferencia. De nuevo, si nos encontramos en esta situación debemos cambiar la dinámica, no estar de acuerdo en todo también nos permite flexibilizar y crecer a nivel personal, siempre y cuando reine el respeto y no estemos todo el día con la sensación de portar casco y chaleco antibalas. A veces la guerra se gana no peleando, y hay batallas que no merecen la pena.

4. Quizás esto es normal, le pasa a muchas parejas. Sí, le pasa a muchas parejas, y sí, determinadas de estas cuestiones son perfectamente “normales”, peeero…si vemos que un barco se hunde lo suyo sería que intentemos arreglarlo antes de que acabe en el fondo del mar, e incluso, esto puede hacer que salga fortalecido (sólo siempre y cuando nos guste nuestro barco). Nada cambia si no cambiamos nada, el aburrimiento puede ser un componente que no necesariamente sea nocivo para la pareja pero también funciona como un termostato para indicarnos el momento de actuar.

5. Igual ya no nos queremos. Llegados a este punto será muy importante diferenciar entre “ya no nos queremos” y “ya no nos queremos de la misma forma”. Si la resaca de la fiesta cerebral de la primera fase del enamoramiento ha pasado y no hemos construido nada más nos podemos encontrar en el “no quererse”. Sin embargo, si a esta fase de mariposeo le ha seguido la construcción de una relación en la que se comparten objetivos vitales (o éstos son compatibles), valores, necesidades, compresión, planes de futuro…en este caso es más probable que hayamos avanzado a un amor más futurible, lo cual no quiere decir que no haya también que trabajarlo.

6. Me atrae otra persona. Hay tantos tipos de pareja como parejas en el mundo, y cada una se rige por una serie de reglas explícitas o implícitas totalmente diferentes. La atracción por personas ajenas a la pareja, sin embargo, puede ser compartida independientemente de la apertura de la pareja (de si esta es más conservadora, monógama o todo lo contrario). Es decir, que no elegimos que las personas nos atraigan o no, porque la atracción no es una elección igual que tampoco lo es la tristeza o los pensamientos que rondan mi cabeza. Que otra persona nos resulte atractiva es algo que simplemente sucede, porque así es el ser humano. Por ello, este de por sí no debería ser considerado como un indicativo o una prueba de que ya no queremos a nuestra pareja. En este aspecto lo importante será gestionar esta nueva situación conforme a las reglas que se han establecido en la relación y con esto alcanzamos la conclusión fundamental de este artículo:

Háblalo

Comunicación, comunicación, y después, comunicación. Si hiciéramos un listado de los factores predictores de mayor éxito en las parejas éste es sin duda de los que encabezan la lista, y es que la mayoría de los conflictos en las relaciones surgen por problemas de comunicación (o la falta de ella). No es casualidad que sea de los aspectos que más se trabajan en terapia. Verbalizar cómo nos sentimos respecto a la otra persona (incluso si lo que sentimos es que sentimos menos) tiene un enorme poder para reconducir y mejorar la relación, o, en su defecto, para ayudar a ponerle fin de la forma más sincera y honesta.

En ocasiones ocurre que ese momento por el que estás pasando también lo está experimentando tu pareja, pero ninguno se atreve a pronunciarse por miedo a la reacción del otro, expresarlo y ponerlo encima de la mesa no sólo resulta liberador, sino que constituye en primer paso para buscar soluciones y a menudo contribuye a lograr una mayor unión de la pareja.

“Una pareja feliz no se elige un día para siempre, debe elegirse cada día”.

 


Pilar Rico
Nº Col. M-31466

 

Qué es un psicólogo y qué hace

El mundo de la psicología se ha encontrado históricamente asociado a multitud de mitos, prejuicios y falsas creencias, que han perpetuado el estigma de “ir al psicólogo”, asociando esto, a un estado de “locura” o bien, reduciendo la misma (la psicología) a una “cuestión de fe”. Muchos de estos clichés, todavía presentes en nuestra sociedad, ocasionan que algunas personas tengan fuertes resistencias a acudir a un psicólogo.  El objetivo del presente post es ayudar a comprender en qué consiste la figura de este y en qué puede ayudarnos, pero para ello; es necesario comprender el punto de partida: la psicología.

La Psicología, como tal, es la ciencia que se encarga de estudiar la conducta humana, entendiendo ésta; como un concepto que engloba cuestiones relacionadas con los procesos de aprendizaje, pensamiento, emociones y/o comportamientos. Desde la psicología, estudiamos tanto el desarrollo normativo y/o óptimo de determinados aspectos, como; aquellas situaciones problemáticas que puedan interferir en nuestro desarrollo adecuado. Así mismo, desde la vertiente más científica, disponemos de modelos explicativos de la conducta y de aquellas situaciones que puedan suponer una problemática, junto a técnicas adecuadas para la evaluación, el diagnóstico y/o su posterior tratamiento, además de estrategias eficaces, para la intervención.

Veamos, ahora sí, qué es un psicólogo, qué hace exactamente, en qué puede ayudarnos y cuando acudir.

Qué es un psicólogo

Al hablar de psicólogo nos estamos refiriendo a aquella persona, personal cualificado, que ha obtenido su título universitario (licenciatura o grado) en psicología. Dentro de la psicología como tal, existen distintas ramas y/o especialidades (clínica, social, educativa, laboral, comunitaria, etc.) pero, en lo que aquí concierne, nos vamos a referir a la vertiente más clínica. Se trataría de aquella persona, que, tras su licenciatura, ha realizado un máster en psicología general sanitaria y/o, su correspondiente habilitación de ésta, que le permite trabajar en el ámbito clínico privado.  El psicólogo clínico, como ya hemos comentado con anterioridad, está capacitado para evaluar, diagnosticar y tratar problemáticas de distinta índole que concierne a la psique humana.  El principal objetivo del psicólogo es que la persona adquiera las destrezas habilidades y /o recursos para hacer frente a su situación problema, así como, su correspondiente prevención de recaídas, para que esta logre una mayor calidad de vida.

Qué hace un psicólogo

Es importante comprender tal y como hemos comentado, que no es una cuestión de fe, sino que partimos de una ciencia que intenta dar respuesta y consta de distintos modelos explicativos hacia la conducta del ser humano. Tampoco damos consejos, ni leemos la mente, nos basamos en lo que hemos estudiado y lo que nos comunica el paciente, entendiendo este, como el principal agente activo de su proceso de cambio.

Partimos de distintas orientaciones como pueden ser: cognitiva, conductual, cognitivo-conductual, psicodinámica, humanista, gestáltica, etc. Estas distintas escuelas aportan su visión, pero todas, tienen el objetivo común de mejora de calidad de vida de sus pacientes. La psicoterapia como tal, es un proceso que implica cambio y que podríamos decir, a grandes rasgos, que consta de distintas fases:

  1. Demanda inicial: Es la primera toma de contacto entre psicólogo y paciente, generalmente se realiza por vía telefónica donde se recogen datos básicos de la persona y su motivo de consulta, el por qué quiere acudir a psicoterapia. Muchas veces lo que la persona verbaliza es simplemente un aspecto más de la complejidad de su situación.
  2. Fase de evaluación: Mediante entrevista y recogida de historia clínica, el psicólogo lleva a cabo la evaluación del caso, donde se pretende comprender qué nos ha llevado hasta la situación definida como problema actual.
  3. Fase de devolución y análisis del problema junto al paciente:  En esta parte del proceso, el psicólogo devuelve parte de los aspectos comentados y analizados con anterioridad, con el objetivo de hacer consciente y partícipe al paciente de su proceso de cambio. Cabe destacar que este es un agente activo y, por tanto, este será su rol en las sesiones de psicoterapia.
  4. Determinación de objetivos de tratamiento y plan de trabajo: Una vez comprendido que nos ha traído hasta aquí, se plantean objetivos de tratamiento que elaboran tanto paciente como psicólogo.
  5. Psicoterapia: Conocida como fase de trabajo donde se ponen en práctica los distintos objetivos estipulados con anterioridad. Se dan recursos y/o estrategias, el paciente se empodera y capacita para hacer frente a su día a día de forma autónoma.
  6. Prevención de recaídas: Es importante comentar previamente con el paciente, los estadios o procesos de cambio y contemplar la recaída, como un proceso más que no necesariamente lleva asociado “fracaso”, sino una señal más de su proceso, que hay que tener en cuenta y encajar.
  7. Alta/ Seguimiento: El alta se da cuando el paciente se encuentra con los recursos necesarios y evalúa que puede hacer frente su día a día, sin la necesidad de apoyo externo, es necesario facilitar la opción de posibles sesiones de seguimiento, la frecuencia de la mismas variará y será negociable entre ambos (tres, seis meses o un año) para ver cómo hemos seguido, transcurrido este tiempo.

Así mismo, el tiempo total del proceso terapéutico variará en función de la situación problema y del grado de cambio que tenga el paciente. 

En qué puede ayudarme

Ante cualquier situación donde la persona no se encuentre con las herramientas adecuadas para hacerle frente, como podrían ser, por ejemplo: situación de estrés, mala gestión emocional, proceso de duelo por pérdida de un ser querido y/o ruptura emocional, cambio de trabajo o despido. Ansiedad, depresión, estado de ánimo bajo, dificultades de aprendizaje, problemas de concentración y/o memoria, complejos, autoestima, asertividad, inseguridad personal y/o vital, habilidades sociales, timidez, etc.

Si te encuentras en una situación que no sabes como gestionar y te estás planteando iniciar un proceso terapéutico, te informamos que desde PSIKO, disponemos de un espacio habilitado para ti. Contamos con un amplio equipo de profesionales cualificados que estarán encantados de poder acompañarte durante tu proceso de cambio. ¡No temas pedir ayuda!

 


Verónica Vivero
Nº Col. COPC-19212

La Psicología y las personas mayores

Que la población está envejeciendo es un hecho indudable. Las mejores condiciones de salud, la ausencia de guerras en Occidente, entre otros factores, está promoviendo el aumento de la esperanza de vida. Según los datos del Instituto Nacional de Estadística (INE) actualmente, en España, la esperanza de vida se sitúa en 85,7 años para las mujeres y de 80,4 en el caso de los hombres. Las predicciones sitúan que ésta continuará aumentando.

Necesidades de las personas mayores

Por todo ello, nuestros mayores suponen una población con unas necesidades especiales que deben ser abordadas desde las distintas disciplinas que componen el ámbito socio-sanitario. En este post, os hablaré, desde mi experiencia, cómo la psicología aborda el trabajo con personas mayores.

Dentro de las estrategias de envejecimiento activo, cada vez son más las personas que acuden a asociaciones y centros de día en los que realizan distintas actividades adaptadas a sus necesidades y que favorecen su bienestar físico, cognitivo y emocional. Además, este trabajo se realiza desde los recursos más clásicos para las personas mayores como son las residencias.

El primer hándicap que nos podemos encontrar en este trabajo es que, realmente, la mayoría de las personas no reconocen la figura del psicólogo o la necesidad de acudir a este profesional. Realmente, el perfil de las personas mayores es totalmente heterogéneo. Como en el trabajo con otros colectivos, es realmente importante adecuarse a las necesidades de cada uno. A continuación, os muestro, de manera resumida, las principales funciones del psicólogo en estos centros:

Estimulación cognitiva

Se diferencia entre declive cognitivo que consiste en la leve pérdida del rendimiento cognitivo y es fruto del envejecimiento. Por otra parte, está el deterioro cognitivo característico de los distintos tipos de demencia y de la Enfermedad de Alzheimer. Por ello, a través de la estimulación cognitiva (conocida coloquialmente como la gimnasia del cerebro) se promueve el enlentecimiento de estos procesos que son degenerativos y la preservación, cuando es posible, de las funciones cognitivas.

Psicoterapia
Preocupaciones, ansiedad, temores, duelos, etc. Las personas mayores pueden requerir la ayuda de un profesional para el desahogo emocional y el apoyo a nivel terapéutico. La vejez, en sí misma, supone un proceso de duelo. La persona ve mermada sus capacidades cognitivas y físicas y esto supone un fuerte impacto emocional. Por otra parte, es importante hacer una revisión vital en la que cerrar conflictos del pasado, así como de la liberación de cargas que provoquen malestar en la persona.

Atención Familiar
En ocasiones, resulta tremendamente importante trabajar la adaptación familiar a las nuevas circunstancias y necesidades de la persona. Dentro de este apartado, toma especial relevancia la atención a las personas cuidadoras, trabajando el desahogo y otras estrategias para no caer en el síndrome del cuidador quemado.

Modificación de la Conducta
Debido al deterioro, pueden aparecer conductas que resulten problemáticas y para disminuirlas o eliminarlas, hay que programar una intervención a nivel conductual.  

Actividades de ocio y tiempo libre
Desde el departamento de Psicología también se participa en la planificación y ejecución de actividades que potencien el bienestar de nuestros mayores. Entre ellas, puede haber: celebración de fiestas, excursiones y visitas culturales, visionado de películas, etc. También, se desarrollan talleres específicos como técnicas de relajación y risoterapia.

Todo este trabajo no sería posible sin el apoyo de un equipo interdisciplinar en el que, además del papel de la psicología, se encuentra la figura del trabajo social, la fisioterapia, la terapia ocupacional y la enfermería, además del importante papel que realizan los auxiliares de enfermería.

 


Alejandra Muñoz
Nº Col. AN09995

¿La felicidad consiste en no sufrir?: La terapia de aceptacion y compromiso

Imagínate una tortuga que se dirige hacia su cueva, donde están sus crías. Pero la tortuga cada vez que llueve, cuando sopla el viento, cuando se topa con piedras, se mete en su caparazón. A veces sale del caparazón, avanza un poco, pero en cuanto ocurre a su alrededor algo inesperado se vuelve a meter. ¿Crees que de esta forma puede alcanzar lo que pretende? A lo mejor la alternativa es avanzar con todo el cuerpo fuera, en pleno contacto con el suelo, abierta a todo lo que pueda surgir en ese camino, notando todo lo que surja mientras avanza en la dirección a sus crías, el resto de tortugas… Probablemente no le gusten muchas de las cosas que estén en ese camino, o tal vez sí, pero eso es absolutamente distinto de su compromiso de avanzar por el sendero…

Esta es una metáfora que se utiliza en la Terapia de Aceptación y Compromiso, que sirve además como un reflejo fiel de algunos de los principios de esta terapia.

Empecemos por el principio.

¿Qué es la Terapia de Aceptación y Compromiso?

La Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT) es la terapia más conocida y utilizada dentro de las Terapias de Tercera Generación (o Terapias Contextuales). Aunque tiene un origen de hace casi 30 años, es en los últimos años en los que ha alcanzado más popularidad dentro y fuera de las consultas. Ya sea por la nueva “tecnología” que ofrece al psicoterapeuta para su ejercicio, su nuevo enfoque a la hora de abordar la salud psicológica, su visión de la psicopatología, o incluso sus coincidencias con la popularidad del mindfulness, lo cierto es que el lector puede que haya escuchado hablar de ella.

Pero ¿cómo entiende ACT el sufrimiento humano?

De forma explícita e implícita se impone la idea de que la felicidad se consigue con la ausencia de preocupaciones, miedos, dolor o cualquier sensación desagradable. Se enseña de forma sutil que lo desagradable no se debe tolerar, y que padecer algún problema es algo anormal que es incompatible con una vida adecuada. Es por ello que se orienta la vida para que sea más cómoda, placentera e indolora poniendo a disposición cualquier avance de nuestra sociedad.

Pero ahora viene lo paradójico, y es que lo lógico sería pensar que cuanto más desarrollado sea nuestro mundo y al ir disfrutando de mayores comodidades, nuestro sufrimiento y las cosas que nos perturban deberían disminuir. Lo lógico sería pensar que si se gana en calidad de vida los psicólogos y psicólogas cada vez harían menos falta. Pero respecto a los aspectos psicológicos la lógica a menudo pierde sentido. La realidad es todo lo contrario, no solo hay más personas sufriendo si no que aumenta la variedad de los problemas que se padecen.

Este el precio que se paga al vivir en una sociedad donde se exige estar bien continuamente, que enseña a reprimir cualquier emoción/sensación negativa, que bombardea con “pensar en positivo” y que implícitamente nos educa en que para actuar bien tengo que estar bien.

Toda esta lucha por evitar y/o controlar esas sensaciones desagradables casualmente genera más sufrimiento. Y por si fuera poco la gran mayoría de las veces, esta lucha nos aleja de las cosas que son valiosas en nuestra vida, como por ejemplo ir a la universidad, cuidar una relación de pareja o mantener en nuestra vida a personas importantes.

La visión de ACT respecto a este tema es muy sencilla, el sufrimiento humano es inherente a vivir. Es inevitable que mientras se viva se experimenten experiencias que aporten dolor o preocupaciones, eso significa que se está recorriendo el camino de la vida. Desde ACT se cree en que se puede “sentirse mal pero estar bien”.

¿Y esto como se hace?

Básicamente aceptando esas sensaciones desagradables y no dejando que lo que sentimos, pensamos o recordamos (esos eventos privados) controle nuestra vida. No se pueden eliminar pensamientos o emociones, pero si controlar cómo comportarse. Desde ACT se hace hincapié en abandonar la lucha con esos eventos privados desagradables que solo trae más sufrimiento, y dirigir la vida hacia donde se considere valioso para cada uno.

¿Qué herramientas utiliza ACT?

Se utilizan en ACT tanto técnicas ya utilizadas en otras terapias como otras novedosas. Al tener coincidencias en algunos principios con otras terapias, como por ejemplo terapias humanistas, hay ejercicios que se pueden incorporar plenamente a la terapia, sin olvidar en ningún momento los fundamentes y el marco teórico que diferencia a ACT de estas otras. Entre las técnicas utilizadas podemos encontrar las metáforas, ejercicios experienciales, ejercicios de mindfulness o clarificación de valores, sin olvidarnos de la más importante… el propio terapeuta.

En la metáfora que escribía al principio, para la tortuga, la lluvia, piedras, el viento serían como esos eventos internos desagradables (pensamientos, emociones, recuerdos, sensaciones…) que dificultan el camino. Por el contrario, el ir hacia sus crías simboliza el camino que a la tortuga le resulta valioso. Y el ir a su encuentro, a pesar de algunas cosas incómodas es el compromiso que tiene con lo que le importa en su vida.

Así pues, ACT es una terapia centrada en valores, en lo que de verdad le resulta valioso a cada persona. ACT no busca que se tome contacto y se acepten esos eventos privados incómodos sin motivo alguno, eso no tendría sentido. Lo que orienta la terapia es la dirección que marca cada uno hacia lo que considera importante.

Imaginemos un caballo y su jinete. El caballo representa todos esos eventos internos desagradables (emociones, pensamientos, recuerdos…). El objetivo de ACT es que, a pesar de hacia dónde intente ir el caballo, el jinete dirija su vida allá dónde considere importante y no en la dirección que su caballo prefiera, es decir, que coja las riendas.

Por eso, no estaría de más preguntarse, ¿quién marca el camino de mi vida?, ¿es mi caballo quién dirige?, o ¿soy yo quien lleva las riendas?

 


Jesús M. Calderón
Nº Col. M-31505

Trastorno bipolar

El trastorno bipolar es una psicopatología del estado de ánimo, generalmente crónica, que ha recibido muchos nombres a lo largo del discurrir de la historia (enfermedad maníaco-depresiva, p.e.). De manera característica, las personas que lo padecen experimentan cambios inusuales en el modo en que se sienten, pudiendo diferenciarse periodos en los que cumplen criterios de un episodio maníaco y otros momentos en los que se muestran clínicamente deprimidos (ambos se desarrollarán posteriormente). Es importante destacar que estos altibajos no obedecen a una simple labilidad emocional, ni se corresponden con las naturales fluctuaciones del estado de ánimo que todos atravesamos en diferentes momentos, sino que la dimensión y alcance de los mismos reviste tal gravedad que condiciona la propia calidad de vida (alteraciones del sueño, modificaciones en el nivel percibido de energía y/o dificultad para pensar con claridad por enlentecimiento -bradipsiquia- o aceleración –taquipsiquia- de los contenidos mentales). El tratamiento farmacológico y psicológico es esencial, puesto que facilita el desarrollo de una vida satisfactoria. Aunque la patología puede afectar a cualquier persona en cualquier momento de su vida (prevalencia del 0,4-1,6% para el Trastorno Bipolar Tipo I y del 0,5% en el Tipo II), lo más común es que debute en la adolescencia tardía o inicios de la vida adulta.

EPISODIOS CLÍNICOS DE ALTERACIÓN DEL ESTADO DE ÁNIMO

Seguidamente abordaremos la forma que pueden adoptar los distintos periodos de alteración anímica que se presentan en el contexto de un Trastorno Bipolar. En términos generales pueden aparecer situaciones clínicas de exceso (manía) o déficit (depresión) claramente diferenciadas tanto en dimensiones cognitivas como conductuales y fisiológicas, y que tienden a reproducirse con el devenir del tiempo de un modo no necesariamente alternante (tres episodios maníacos seguidos de uno depresivo, por ejemplo).

Episodio maníaco

Se caracterizaría por un estado de ánimo anormalmente elevado durante, al menos, una semana (o menos tiempo en el caso de que requiera hospitalización). En este periodo la persona puede proyectar una autoestima exagerada/desproporcionada, junto a una serie de alteraciones en la forma del pensamiento (aceleración) y el contenido o el ritmo del lenguaje (verborrea que en casos graves se manifiesta como una ensalada de palabras sin aparente significado). Las ideas suelen parecer atropelladas, expresarse de un modo caótico e inconexo, y absorber la atención de una forma muy profunda (generando distraibilidad secundaria). La conducta se ve también exacerbada en términos cuantitativos, por lo que la persona tiende a moverse o desplazarse mucho más (agitación psicomotora e incremento de la actividad intencional) y a participar en actividades que suponen el derroche de los recursos personales y financieros. La necesidad de descanso puede verse también reducida en estos momentos, por lo que se mantiene una intensa activación fisiológica y conductual durante la noche, en detrimento de un progresivo estado de agotamiento (cuya percepción puede pasar inadvertida para el paciente). En casos muy graves los episodios maníacos adquieren entidad psicótica, con delirios y alucinaciones generalmente congruentes con el estado de ánimo (sentirse superior al resto de personas o merecedor de un trato privilegiado por pertenecer a un colectivo que lo amerite, p.e.) y condicionar severamente las relaciones sociales y las responsabilidades personales.

Episodio hipomaníaco

En estos casos, la alteración del estado de ánimo se mantiene al menos durante cuatro días y puede cursar con una elevación del mismo (menos intensa que en la manía) o con la emergencia de irritabilidad. La alteración supone un cambio importante en el funcionamiento habitual, pero no llega a requerir una hospitalización ni condiciona de manera decisiva el desarrollo normal de la cotidianidad. En este supuesto no aparecen, en ningún momento, síntomas psicóticos (pues los mismos implicarían -por su severidad- que el episodio en curso es en realidad maníaco).

Episodio depresivo

Los episodios depresivos en el contexto de un Trastorno Bipolar son muy similares a los que se observan en la Depresión Mayor, que es el más común de los trastornos del estado de ánimo en la población general. Durante al menos dos semanas se apreciarían dos síntomas característicos: la anhedonia (o dificultad para experimentar placer) y la tristeza, siendo esta última de una intensidad tal que comprometería la capacidad de la persona para participar en las actividades cotidianas de su vida. En algunas ocasiones, durante los episodios depresivos, pueden aparecer ideas autolíticas que deben ser convenientemente valoradas por un profesional de la salud mental, puesto que en ningún caso se trata de amenazas vacuas. Otros síntomas característicos pueden ser la alteración del apetito (tanto por exceso como por déficit), la dificultad para dormir o la somnolencia excesiva (hipersomnia), la tendencia al llanto, el deseo de permanecer aislado y la aparición de pensamientos negativos que atenazan a la persona. Al igual que ocurría en el episodio maníaco, los casos graves pueden cursar con sintomatología psicótica congruente con el estado de ánimo (culpabilización por actos sobre los que no se tiene ninguna responsabilidad, como una guerra o el sufrimiento de un colectivo históricamente malogrado, por ejemplo).

SUBTIPOS DE TRASTORNO BIPOLAR

Existen distintos subtipos de Trastorno Bipolar, que se diferencian entre sí tanto por la expresión clínica (manía, hipomanía o depresión) como por el pronóstico. Se detallarán seguidamente.

Trastorno Bipolar Tipo I

Para el diagnóstico de este subtipo solo es necesario que la persona manifieste o refiera haber sufrido un episodio maníaco, actualmente o en otro momento (pasado) de su vida. Así pues, no se requiere la co-ocurrencia de periodos en los que se cumplen los criterios diagnósticos de un episodio depresivo, aunque son muchas las personas que también los manifiestan de manera retrospectiva (más del 90%). El orden y la secuencia en la que se presentan estos episodios es también muy diverso, sin que pueda determinarse una lógica exacta. Aunque la gravedad del trastorno bipolar puede ser variable (oscilando entre leve y severa con síntomas psicóticos), en general es una condición de salud con peor pronóstico que el Trastorno Bipolar Tipo II. Existen algunas personas que presentan una dinámica de ciclos rápidos (cuatro o más episodios en un año) y otras que muestran un patrón claramente estacional (con episodios que coinciden con el inicio del otoño/invierno y que remiten o se polarizan -viraje a depresión en caso de los maníacos o a maníacos en caso de los depresivos- en la primavera).

Trastorno Bipolar Tipo II

En este caso se presentan tanto episodios depresivos como hipomaníacos, sin que nunca se haya apreciado o corroborado ninguno de naturaleza maníaca (pues impediría la confirmación clínica de este diagnóstico durante el proceso de valoración diferencial). Tiene mejor pronóstico que el Tipo I, pero en este caso sí es necesario que se manifiesten periodos de ánimo deprimido (con las potenciales consecuencias que pueden tener sobre la vida de la persona).

Trastorno Ciclotímico

Aunque anteriormente se incluía dentro de la categoría de los trastornos de la personalidad, en la actualidad se considera en la de los trastornos afectivos. En este caso se aprecian, durante al menos dos años, oscilaciones del estado de ánimo importantes por sus implicaciones sobre la vida de la persona (puesto que suponen un cambio significativo en su forma de proceder) pero que no llegan a alcanzar una intensidad suficiente para satisfacer los criterios diagnósticos de los episodios maníacos o los depresivos. Estas fluctuaciones (subclínicas en cualquiera de sus extremos) se mantienen durante dos años o más en el caso de los adultos, o durante un año en el de los niños y adolescentes. Lo más habitual, como forma de expresión característica de este particular subtipo bipolar, es que se muestren momentos relativamente breves (de entre dos a seis días) con cambios alternantes del estado de ánimo individualmente relevantes (subidas y bajadas).

Algunas recomendaciones

Tanto el tratamiento farmacológico como el psicológico son importantes en el caso del trastorno bipolar, por lo que no debe dudar en solicitar ayuda en caso de que crea que puede padecerlo. Su médico y su psicólogo le orientarán para que pueda disfrutar de una vida plena con este diagnóstico. Como recomendaciones generales, no obstante, destacamos: ser especialmente cuidadoso con la medicación (siguiendo de manera exacta la posología que su facultativo le haya indicado), mantener una rutina para la comida y el sueño, asegurarse de dormir lo suficiente (especialmente durante los periodos maníacos), aprender a reconocer los momentos iniciales en los que se está produciendo el cambio en el estado de ánimo (lo que puede requerir de un entrenamiento previo) y mantener la paciencia. Se trata, en definitiva, de una condición que impone ciertos cambios en la vida; pero con la cual sigue siendo posible alcanzar nuestros propósitos en las distintas áreas en las que nos los propongamos.

 


Joaquín Mateu
Nº Col. CV-11848

Anorgasmia femenina

Puede que este concepto no te resulte familiar, sin embargo, la anorgasmia o falta de orgasmo, es la dificultad sexual más prevalente entre las mujeres. Se estima que su incidencia abarca del 10 al 42% de la población femenina, donde alrededor del 10% nunca ha experimentado un orgasmo.

¿Qué es la anorgasmia femenina?

La anorgasmia vendrá definida como una incapacidad o imposibilidad de la mujer para alcanzar el orgasmo en casi todas o todas sus actividades sexuales tras una fase de excitación normal y una estimulación que puede considerarse adecuada en duración, tipo e intensidad. Según el DSM-5, esta situación tiene que haber persistido durante unos seis meses como mínimo y tiene que causar un malestar clínicamente significativo a la mujer.

En este punto, debemos tener en cuenta que a lo largo de nuestras vidas pasamos por circunstancias puntuales que pueden ocasionar esta falta de orgasmo, como periodos de gran estrés, sin que esto suponga la presencia del trastorno. También debemos tener en cuenta que el orgasmo no es un fenómeno de “todo o nada” y que su intensidad y duración puede ser diferente en cada una de nosotras e incluso en nosotras mismas en momentos distintos de nuestra vida, por lo que no debemos caer en el error de patologizar variaciones normales en el orgasmo. Por otro lado, cada una de nosotras puede conseguir el orgasmo a través de diferentes prácticas sexuales (coito pereano-vaginal, estimulación del clítoris, sexo oral…) sin que unas sean mejores que otras y que, como he mencionado arriba, los orgasmos de cada una en comparación con las demás pueden tener diferente intensidad y duración, sin ser, tampoco, unos orgasmos mejores que otros.

¿Cuáles son los diferentes tipos de anorgasmia?

Podemos diferenciar 4 categorías de anorgasmia:

  • Anorgasmia primaria: mujeres que no han tenido nunca un orgasmo ni a través del coito, ni mediante masturbación, ni estimulación directa por parte de otra persona ya sea con la mano, boca, juguete sexual o, cualquier combinación de lo anterior.
  • Anorgasmia secundaria: mujeres que, tras una época de haber experimentado orgasmos con normalidad, dejan de hacerlo.
  • Anorgasmia situacional: cuando solamente alcanza el orgasmo con determinados tipos de estimulación, persona o situación, pero no en todas las ocasiones.
  • Anorgasmia generalizada: la mujer no alcanza en orgasmo en ningún caso, independientemente de los factores y circunstancias que intervengan.

 

¿A qué se debe la anorgasmia?

Esta dificultad sexual es debida mayoritariamente a factores psicológicos, tal y como dicen Masters, Johnson y Kolodny (1987) el 95% de los casos se deben a dichos factores, estando tan solo un 5% desencadenados por factores orgánicos.

Causas orgánicas

  • Enfermedades crónicas (tales como la diabetes)
  • Estados de carencia hormonal
  • Lesiones o infecciones pélvicas
  • Trastornos neurológicos (como lesiones medulares)
  • Desgarros
  • Consumo de drogas o fármacos tales como alcohol o antihipertensivos.

Causas psicológicas

  • Falta de experiencia o práctica sexual
  • Ausencia o estilo de masturbación
  • Actitudes y creencias negativas hacia el sexo
  • Experiencias sexuales traumáticas, miedos y fobias sexuales
  • Rol pasivo de las relaciones sexuales
  • Culpabilidad por mantener relaciones eróticas
  • Baja autoestima e inseguridades respecto a la imagen corporal
  • Ansiedad excesiva asociada a la conducta sexual
  • Depresión, ansiedad o alteraciones de la personalidad
  • Comunicación ineficaz y hostilidad hacia la pareja sexual
  • Aburrimiento o monotonía en las prácticas sexuales
  • Disfunciones sexuales del compañero/compañera sexual como, por ejemplo, la eyaculación precoz
  • Miedo a perder el control (a gritar descontroladamente, a desmayarse o a perder el control de alguna de sus funciones corporales)

¿Cómo solucionarlo?

Aquí te vamos a dar algunas claves de cómo abordar esta dificultad desde el punto de vista psicológico, ya que, si sospechas que puede deberse a una causa orgánica, te aconsejo que acudas a tú médico para que evalué tú caso en particular. Algunas de nuestras propuestas son:

  1. Conócete. Es muy importante tener un buen conocimiento de nuestro cuerpo y genitales para poder saber lo que nos gusta y lo que no. Un primer paso puede ser la estimulación sensorial de diferentes zonas de nuestro cuerpo que no impliquen las zonas genitales, explorando y acariciando diferentes partes y atendiendo a que zonas nos resultan más gratas y placenteras. Puedes hacer esta actividad mientras te das una ducha. Sin prisas, olvidándote del reloj y de las preocupaciones, atenta solo a las sensaciones.
  2. Conócela. Si, efectivamente me refiero a la vulva. Es importante que realices una exploración igual que la anterior pero esta vez, centrada en las zonas genitales. Te invito a coger un espejo, que lo pongas entre tus piernas y observes cada rincón de tú vulva con calma, acariciando diferentes zonas de la misma y permitiéndote descubrir y sentir nuevas y placenteras sensaciones. Conoce también a ese compañero llamado clítoris y juega con él.
  3. Céntrate en ti. Cuando estés acompañada, es importante que te sitúes en tus necesidades, gustos, sensaciones y no únicamente estés pendiente del disfrute de la otra persona, ya que, si te centras demasiado en el otro/otra, corres el riesgo de desconectar de tus sensaciones y de tú disfrute.
  4. Comunícate. Otra de las claves es la comunicación, no dudes en indicarle a tu pareja sexual que tipos y formas de estimulación te resultan más agradables y placenteras.
  5. Relájate y date el permiso de disfrutar. Para disfrutar es fundamental prestar atención a tus sensaciones, excitación, deseo. Por lo que, si sientes que comienzas a pensar en otras cosas, puedes centrarte en tú respiración y en fantasías que te reporten placer y excitación. Si estas acompañada, una vez que te centres en tú respiración, puedes atender a la de tú pareja sexual, en su jadeo, en los besos, las caricias…
  6. Tócate durante el coito. Si te apetece conseguir el orgasmo durante la penetración puedes usar la técnica de apuntalamiento, que consiste en estimular el clítoris durante la misma. Se puede acompañar esta técnica con movimientos de empuje para favorecer también la estimulación de este.
  7. Ejercita tú suelo pélvico. Esto puedes conseguirlo a través de los ejercicios de Kegel, los cuales fortalecen los músculos del suelo pélvico que sostienen el útero, la vejiga y una porción del intestino. Ya que, muchas veces, una debilidad del suelo pélvico puede dar lugar a la disminución de la sensibilidad e intensidad del orgasmo.
  8. Utiliza juguetes sexuales. Otra opción es la incorporación a tú vida sexual de dildos que te ayuden a disfrutar de nuevas sensaciones placenteras.
  9. Juega en pareja. Si tienes pareja o un compañero/compañera sexual, podéis jugar a que los genitales están prohibidos, tocando y estimulando otras partes del cuerpo pero no los genitales. De esta manera, podréis experimentar sensaciones o descubrir nuevas zonas placenteras de las que anteriormente no os habíais percatado.

Estos son algunos de los consejos que puedes seguir, sin embargo, no debes olvidar que el objetivo primordial es disfrutar y no lograr nada concreto como podría ser el orgasmo.

El orgasmo es una parte más del placer, y se pueden tener relaciones eróticas altamente satisfactorias a pesar de no tenerlo o tenerlo con baja asiduidad. De hecho, muchas mujeres que rara vez o nunca experimentan orgasmos refieren un alto grado de placer en sus relaciones sexuales.  Al fin y al cabo, el orgasmo tiene el valor que nosotras le demos y hay mundo más allá de él.

Referencias bibliográficas:

American Psychiatric Association. (2015). Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales. DSM 5. Madrid: Panamericana.

Belloch, A., Sandín, B., y Ramos f. (2008). Manual de Psicopatología. Volumen I. Madrid: Mc Graw Hill.

Outeiriño, J. P., Pérez, A. R., Duarte, A. V., Navarro, S. M., & Blasco, J. L. (2007). Tratamiento de la disfunción del suelo pélvico. Actas Urológicas Españolas31(7), 719-731.

Vallejo, M.A. (2016). Manual de terapia de conducta. Tomo I. Madrid: Dykinson.

 


Mónica Álvarez

Nº Col. O-03091

¿Quieres estudiar Psicología?

 

Psicología es una carrera universitaria muy demandada en la actualidad. Aunque es una de las carreras y, a la postre, una de las profesiones más bellas que existen, hay gente que fija unas expectativas poco realistas antes de decantarse por esta carrera.

Los mitos de la carrera de Psicología

La Psicología cuenta con más visibilidad que hace unas décadas. Aun con ello, el desconocimiento que aún se tiene sobre esta formación y sobre esta profesión hace que se formen determinadas creencias que no se corresponden con la realidad. Aquí van algunas de ellas:

  • «Voy a estudiar Psicología para encontrarme a mí mismo/a«. No es que no lo hagas estudiando Psicología. El asunto es que es posible que lo hagas estudiando ingeniería aeronáutica, filología, biomedicina, higiene bucodental o auxiliar de enfermería. La mejor forma de «encontrarse» es elegir una formación que te guste, que te ayude a desarrollarte como persona y que te haga feliz.
  • «Doy buenos consejos, así que esta es mi carrera«. Si realmente ese es el criterio por el cual eliges Psicología como carrera, tal vez deberías no cerrarte a otras. Los psicólogos y las psicólogas no damos consejos. De hecho, nuestra profesión es tan sumamente complicada porque hemos de llevar a cabo intervenciones a través de diálogos socráticos (diálogos guiados con el objetivo de que las personas lleguen a conclusiones que le hagan evocar cambios a varios niveles). Lo fácil, de hecho, es dar consejos, pero los consejos llevan implícito algo que no se nos permite, y es que no podemos ni debemos imponer nuestro criterio al de cualquier persona, aunque sea con la mejor de las intenciones.
  • «Me gusta ayudar a la gente y soy de letras; esta es mi carrera«. No cabe duda de que la Psicología, como el resto de ciencias de la salud, es una disciplina humana, que requiere de cierta vocación. Pero a pesar de lo que mucha gente se cree, Psicología no es una carrera de letras. Emana de la Filosofía, por supuesto, pero la carrera como tal tiene asignaturas de anatomía, fisiología o estadística. De hecho, la distinción entre «ciencias y letras» creo que es algo que empieza, por suerte, a quedar atrás.
  • «No soy nada sociable, así que la carrera me hará serlo». Por desgracia, esto no funciona así. Una cosa es que el paso por la carrera, como experiencia de vida, como un tiempo y un lugar en el que conoces a mucha gente, con muchos puntos de vista, en el que vas a sitios nuevos, etc. y otra, que el propio contenido de la carrera haga cambiar la base de tu personalidad.

Lo que sí te vas encontrar en la carrera de Psicología

Vistos los mitos y las creencias poco fieles a la realidad, la carrera de Psicología te va a aportar otras muchas cosas positivas, como estas:

  • La importancia del objeto de estudio. Esta ciencia estudia la conducta humana, que es tan sumamente amplia que ni estudiando toda nuestra vida podríamos comprender la conducta en todas las situaciones ni desde todos los prismas. Si estudias esta carrera vas a poder comprender muchos fenómenos de la condición humana que antes ni tan siquiera te habías planteado.
  • Aplicabilidad inmediata. Lo que estudies en la mayoría de materias vas a poder observarlo al salir a la calle, observando a la gente. Todo el mundo emite conductas, en un contexto lleno de estímulos, y la interacción entre las primeras y los segundos es algo que solo comprenderán quienes la hayan estudiado a fondo, es decir, los psicólogos y las psicólogas.
  • Curiosidad saciada a diario. Durante la carrera, es difícil que tengas un día en el que no aprendas algo nuevo, curioso e interesante. Eso es difícil en otras muchas carreras. Sin duda, es un potentísimo motivador más allá de calificaciones y exámenes.
  • Mucho donde elegir. Volviendo a aludir a la extensión del conocimiento psicológico, vas a ir estudiando materias que te van a empezar a llamar la atención y otras que vas a ir descartando. Lo bueno es que, probablemente pases por muchas fases en las que te apasione un ámbito concreto… hasta que descubres otro… y después otro… De tal manera que cuando decides que quieres ser psicólogo/a social, descubres la neuropsicología, y después la psicología del deporte, la psicología judicial…

Lo que te vas a encontrar cuando termines la carrera de Psicología

Se necesitan muchos psicólogos y muchas psicólogas. El estilo de vida occidental, junto con el modelo socioeconómico actual, amén de otras muchas circunstancias, hacen del profesional de la psicología una figura del todo necesaria.

Pero ahora, volvamos a la realidad. Por desgracia, esta carrera no goza de un prestigio, un recorrido o un reconocimiento social suficientes como para ser tenida en cuenta de la misma forma que otras. A modo de efecto dominó, el no ser una carrera muy reconocida hace que no sea considerada por las administraciones públicas como prioritaria a la hora de invertir en ella para desarrollar proyectos con los que mejorar la calidad de vida de las personas, al menos en relación a otras disciplinas o ámbitos.

Este contraste se traduce en que cada año miles de estudiantes de psicología se convierten en titulados/as. El nivel de competencia es muy alto, y además, para poder ejercer la psicología en el ámbito clínico (o general sanitario) no basta con la carrera, sino que has de hacer el Máster de Psicología General Sanitaria o, en su caso, obtener plaza para realizar la residencia de cuatro años del PIR (Psicólogo/a Interno/a Residente). Si no tienes ninguna de las dos, no puedes realizar las funciones propias de un psicólogo en consulta, tal como el 85% de los y las estudiantes de la carrera pretenden.

Pero existen muchísimas formaciones complementarias que, si bien no están encuadradas en las actividades de ámbito más clínico, también te permiten desarrollarte como psicólogo/a en un ámbito determinado. La psicología forense, la psicología del deporte o la psicología social son algunos ejemplos.

A pesar de que el panorama no es muy alentador, conviene no desistir si tienes claro el ámbito de la psicología al que quieres dedicar tu trabajo. De hecho, lo bueno de tener obstáculos es que te van a permitir evaluar tu motivación por conseguir tus objetivos.

Finalmente, a pesar de todo, te invito a que estudies esta preciosa carrera. No porque te vaya a hacer cambiar, ni ser mejor persona, ni leer la mente de nadie, sino porque es una de las profesiones que más puede ayudar a las personas, y que más responsabilidad conlleva.

 


Alberto Álamo
Nº Col. AN08736