Psicoterapia Breve

En muchas ocasiones los psicólogos nos encontramos con que la gente que acude a consulta o pide cita para iniciar una terapia psicológica da por hecho que será un proceso muy largo, que se dilatará en el tiempo muchos meses o incluso años antes de poder conseguir mejorar y solucionar aquello que le trae a consulta.

Esta creencia, que por lo general es errónea, viene perpetrada por los estereotipos que vemos en películas, series, libros, etc, en las que a menudo se suele retratar un tipo de terapia: el psicoanálisis.

Si bien es cierto que cada enfoque psicológico tiene sus características individuales, y no hay uno mejor que otro, hay un tipo de terapia que intenta reducir al máximo la duración de la misma: La Psicoterapia Breve o Terapia Breve centrada en soluciones.

La terapia breve centrada en soluciones tiene una premisa:

“Se realizará el menor número de sesiones, pero todas las necesarias

Esto quiere decir que no todas las terapias que se lleven a cabo desde esta perspectiva tendrán la misma duración. Apostar por la terapia breve no significa intentar a toda costa realizar pocas sesiones. Depende del caso, de la historia, de lo que el paciente ponga de su parte, de las técnicas que utilice el profesional, etc. Es importante remarcar que el acortamiento de la intervención no significa que se reduzca su eficacia. Lo primordial es que aquello que le lleva a consulta se solucione, aunque si puede ser en 5 sesiones en vez de en 10…¡mejor!

Pero…¿cuál sería el interés en reducir el número de sesiones y la duración de la terapia?

Desde el punto de vista de la Terapia Breve, minimizar la duración de la terapia tiene muchos beneficios:

  • Para el paciente/los pacientes sería algo deseable, puesto que todos queremos solucionar nuestro malestar (ya sea físico o mental) lo antes posible. Consiguiendo un resultado exitoso en menor tiempo, el paciente podrá recuperar un funcionamiento satisfactorio en todos los ámbitos de su vida antes. Además, visitando durante menos tiempo a un profesional de la salud mental se reduce el estigma social que, injustamente, muchas personas siguen sufriendo. Y finalmente, el gasto de dinero es menor, lo que a día de hoy puede ser determinante a la hora de decidir si acudir a terapia psicológica o no.
  • Para el terapeuta, una terapia breve permite que una persona que acude a terapia recupere antes su competencia personal para funcionar de forma autónoma sin ayuda profesional, lo que se traduce en que consigue antes su objetivo. Además, si las intervenciones son más cortas puede permitirse atender una mayor demanda y, de esta manera, aprovechar mejor los recursos profesionales existentes.

Sí, puede que tenga beneficios para todos. Sin embargo ¿cómo es posible que sea exitosa reduciendo el tiempo de intervención?

Antes de nada hay que matizar que una terapia no será exitosa solamente por el tipo de enfoque o por las técnicas que se utilicen. Hay que tener en cuenta que es muy importante la relación que se cree entre el terapeuta y el paciente. Además, el/los paciente/s tienen que querer poner de su parte y participar activamente para conseguir cambios que les acerquen a su objetivo final.

Teniendo en cuenta esto, a continuación se presentan a grandes rasgos los motivos por los que la terapia breve puede ser exitosa:

  • Se centra en las soluciones en lugar de en el problema. En general el terapeuta sí conoce la problemática que lleva al paciente a consulta y el motivo por el que apareció. Pero en una terapia centrada en soluciones pura, no sería necesario si quiera conocerlo. En la terapia breve se puede conocer o no el problema, pero lo importante es la solución, el objetivo que se desea conseguir. Desde este tipo de terapia se asume que el problema no está presente todo el tiempo, se buscan excepciones. Así, poco a poco se va reduciendo el espacio que ocupa el problema en la vida del paciente, hasta que se obtiene el objetivo que previamente se ha pactado.
  • Se apuesta por crear una buena relación terapeuta-paciente. El éxito de la terapia depende en gran medida de esta relación. Por ello, en este tipo de terapia se le da mucha importancia a conseguir que esta relación sea la adecuada para el correcto desarrollo de la terapia.
  • Las técnicas que se utilizan facilitan el cambio. Cada psicólogo tiene un estilo diferente, y hay tantos estilos como personas, eso es un hecho. Pero desde este tipo de terapia hay una serie de técnicas, que el terapeuta adaptará a su estilo, que facilitan el cambio movilizando al paciente a la acción. Al final….es el cambio de cualquier situación que lo ha llevado a consulta lo que se desea conseguir.

La terapia breve consigue crear en el paciente una imagen real de futuro; un futuro donde el problema que lo lleva a consulta ha desaparecido por los cambios que él ha llevado a cabo. Una imagen esperanzadora y realizable.

Finalmente, es esta imagen la que impulsa al paciente a avanzar en el proceso terapéutico y a cumplir los objetivos en menor tiempo…a recuperar las riendas de su vida lo antes posible.

 


Libertad Clemente Leo
Nº Col. CL-4218

A Carolina le va mal, pero todo está bien (y bien no es bastante)

Cuando Carolina llegó a la familia se encontró con unos padres entusiasmados por su presencia, asustados e ilusionados a partes iguales, que podían pasarse horas soñando con las grandes cosas que la pequeña alcanzaría en su vida.

No había límites en sus expectativas, y el futuro que imaginaban para ella se antojaba, cuanto menos, apetecible para cualquiera. Antes de que ella tocara tierra (y aunque no lo supiera) había nacido otra persona, nueve meses antes, se llamaba “la hija que queremos que seas”.

Los padres de Carolina, a su vez, crecieron bajo la premisa de que para llegar “lejos”  (sea lo que sea eso) había que seguir un camino que ya estaba dibujado, y con esa buena intención procuraron que la niña comprendiera que si te salías de ese camino no estabas dando lo suficiente, aunque nunca era suficiente.

Con el colegio para ella el aprendizaje de “siempre puedes hacerlo mejor”, pronto vino seguido de  “el ocho y medio es una nota demasiado baja, porque puedes dar mucho más”, o “cada vez que no llegas desaprovechas una oportunidad”.

Así, Carolina jugaba en el parque preocupada por mancharse la ropa, corría con miedo a caerse y no pudo aprender lo que era elegir, porque no cabían las elecciones en un camino escrito y el error es el peor de los enemigos. Cada vez que se desviaba de su fin se culpaba a sí misma por no llegar a la expectativas que un día fueron depositadas en ella pero que pronto, sencillamente y sin saber muy bien cómo, eran suyas.

Exitosa en los estudios, todoterreno y profundamente capacitada, Carolina se sentaba a sus 35 años frente al armario cada mañana y se preguntaba qué ponerse, tardando siglos en decidir cuál era la prenda “perfecta” para acudir a ese puesto de trabajo que tanto había deseado cuando niña, aunque nunca se había permitido preguntarse qué era lo que deseaba, porque el camino…sí…el camino estaba escrito.

Cuando mantenía relaciones sexuales con su pareja estaba preocupada por estar haciéndolo todo perfecto y dar la mejor imagen de sí misma, y cada vez que había una reunión familiar se esforzaba por demostrar que todo en su vida cuadraba como un cubo de rubik resuelto en 2 minutos con los ojos cerrados.

Cada vez que cometía un error una espiral de autocrítica la rodeaba: era la forma que había aprendido para resurgir y volver a la carretera, como un “pepito grillo” que le reñía. Le funcionaba pero le hacía sentir profundamente infeliz. Sus noches se antojaban largas porque sentía que su cabeza tenía dentro demasiadas cosas que aún no estaban “del todo cerradas”, y que probablemente no llegarían a estarlo.

Daba lo máximo, pero no era suficiente. Porque nunca es suficiente cuando se trata de ser perfecta.

 

La tiranía del “sé la mejor versión de ti mismo” no es nueva

Cada mañana millones de personas se levantan en sus casas, desayunan, toman un medio de transporte y visualizan las redes sociales. Este gesto que se sitúa a una pantalla táctil de distancia abre la caja de “la persona que quiero ser…pero no soy”.

Desde el aspecto físico, pasando por los logros académicos o laborales hasta el estatus social o el país más lejano que he podido visitar (que me define como exitoso/a y deseable), allá donde se presentan los escaparates de las mejores versiones de nosotros y nosotras se encuentran la mayoría de las frustraciones, compartiendo línea de metro.

Pocas dudas caben acerca del impacto que la imagen que proyectamos a un mundo cada vez más globalizado produce en la mente de las personas. Pero el leitmotiv de este post es más antiguo que la tos, y lo cierto es que el perfeccionismo viene presentándose en las vida del ser humano tiempo ha.

Los psicólogos y psicólogas, a este respecto, vemos “Carolinas” con mucha frecuencia, y nos hemos deshecho en diversas ocasiones para comprender la complejidad del funcionamiento de aquello que conocemos como “perfeccionismo”, y que se define en este post, aunque para muchos más da esta temática.

 

Qué es ser perfeccionista

Empecemos por lo básico y definamos la cuestión. ¿Qué características son las que se agrupan en una persona que tiende al perfeccionismo?

En primer lugar, en tanto en cuanto “ser perfeccionista” no es algo dicotómico (o lo soy o no o soy) sino que hablaríamos de un continuo entre “serlo poco” o “serlo mucho” (algunas personas, incluso, pueden ser muy perfeccionistas en un aspecto concreto de su vida -el trabajo- pero no en otros -las relaciones sociales-) es importante incidir en el hecho de que ese continuo es el que en terapia nos permite “soltar cuerda” y flexibilizar.  No olvidemos que, como todo, cierto grado de una característica no es en esencia algo negativo, sino que puede reportar muchas cosas positivas, en el equilibrio está la clave.

Las personas que en este continuo se acercan más al extremo comparten una serie de características, entre las cuales se encuentran:

Hay una manera idónea de hacer las cosas y las demás no tienen cabida, porque no son igual de buenas o no son “la mía”: a la perfección le sigue frecuentemente la rigidez, esa que hace que consideremos que nuestra forma es mejor que cualquier otra, pero que funciona como una jaula de la que está mal visto salir (y por ende, nos hace permanecer en tensión). “A mi manera = la única manera buena”.

O cero o Cien: quizás sea este el nivel más elevado de perfeccionismo, aquel en el que la persona no se involucra en una actividad porque si no es para ser perfecta es mejor no intentarlo. Podemos encontrar ejemplos de este tipo en actividades muy competitivas o en el mundo del deporte “si no soy el mejor, para qué voy a esforzarme”, detrás de esto se esconde el famoso miedo al fracaso.

El control: condición sine qua non para el perfeccionismo, el control es ejercido de forma exagerada bajo la falacia de “cuanto más control ejerzo, menos probabilidades tengo de cometer un error”. Diferenciándolo de la planificación y la organización, que son necesarias, el exceso de control produce en realidad una consecuencia no deseada: ¿alguna vez has sentido que pasas más tiempo decidiendo cómo vas a hacer algo, en qué orden y de qué manera, que haciéndolo? La realidad es que un exceso de control fomenta la procrastinación, el “para luego”.

Dificultades para adaptarse (rigidez). Las personas muy perfeccionistas encuentran difícil adaptarse a situaciones nuevas, a imprevistos o a planes alternativos. Si, por ejemplo, tenemos planeado que vamos a dedicar la tarde del martes para trabajar con el ordenador pero internet se cae, me bloqueo y no soy capaz de encontrar alternativas, aunque haya un cíber debajo de mi casa: “eso no es lo que había planeado”.

La mejor imagen de ti. Las redes sociales son el máximo exponente de una de las características perfeccionistas por antonomasia: la de sentir que debe darse siempre la mejor imagen, que se presenta a modo de obligación y conforma una mochila de piedras que, para que negarlo, sabes que cada día pesa más.

Cuando no llegan a su máximo o fallan le sigue el “autofustigamiento”: la culpa es el motor del vehículo. La estrategia para volver al camino de la perfección pasa por el látigo y la crítica. Si sientes que cuando comentes un error te tratas peor que a tu enemigo más odiado, has aprendido que “machacándote” procuras rendir mejor. No te culpes, es la forma que has aprendido hasta ahora, pero hay otras que son más respetuosas contigo.

 

Cuáles son los riesgos

Cuando algo inesperado ocurre el sistema “colapsa”: el error no tiene sitio en esta casa, pero a veces viene sin llamar. No podemos controlar todas las situaciones que acontecen en nuestra vida, si estamos bajo el yugo del perfeccionismo y el control, cuando ese momento llegue lo viviremos como “algo horrible” en lugar de “algo que no esperaba”.

Ansiedad y estrés. Esperar de mí el máximo de forma sostenida en el tiempo implica que mi activación se mantenga asimismo en niveles estratosféricos, lo que hace a las personas mucho más proclives a sufrir estrés o ansiedad, dos de las dificultades más frecuentes en cuanto al perfeccionismo se refiere, y que acaban desembocando en la búsqueda de ayuda profesional.

Todo lo que no sea hacerlo perfecto, no es que sea mediocre, es que es catastrófico. Cuando no se cumplen las -altas- expectativas, todo lo demás es un fracaso. Esto incrementa súbitamente las probabilidades de frustración y además hace descender nuestro rendimiento, un círculo vicioso.

No permites que tu debilidad salga a flote, y lo necesita. Dar tu mejor imagen a cualquier precio implica la prohibición implícita de expresar tus verdaderas emociones, y habida cuenta de que todas ellas cumplen su función rara vez se permite que sigan su curso, lo que provoca que se acumulen (porque no desaparecen) y vengan a visitarte con más fuerza y en un momento más inoportuno. ¿Cuando tienes hambre y la ignoras se te pasa para siempre? pues las emociones son una respuesta fisiológica con el mismo proceso: puedes ignorar la tristeza pero no por ello vas a dejar de sentirla o se irá para siempre.

La autocrítica no funciona. Igual que el látigo del que hablábamos anteriormente, que sólo puede producir dolor, la crítica da una falsa sensación de control y funciona como instigador para “volver al redil”, pero genera muchas heridas, daña nuestra autoestima y tiene un coste emocional que a medio y largo plazo nubla los beneficios. El ser humano rinde mucho más cuando funciona mediante recompensas que cuando lo hace por castigos.

Perdernos actividades gratificantes porque no voy a ser el/la mejor: “este fin de semana vamos a jugar al baloncesto con unos amigos pero como no soy Pau Gasol prefiero no ir, porque sería sinónimo de hacer el ridículo”. El miedo al error paraliza a las personas muy perfeccionistas: podemos dejar que el miedo forme un muro que no nos deja pasar o ponerlo debajo de brazo y hacer lo que deseamos, a pesar (y con) el miedo.

Mi salud es secundaria, si el resultado es óptimo. Priorizar el fin (sacar un diez en un examen) respecto al medio (estudiar hasta quedar exhausto/a o perder contacto con mis amigos/as) involucra negativamente nuestro bienestar, haciendo más probable que seamos negligentes con nuestro propio cuidado, y por extensión, nos sintamos peor.

Pobre imagen de nosotros/as mismos/as (la famosa autoestima). Las personas altamente perfeccionistas tienden a peores niveles de autoestima porque rara vez se perciben en el lugar donde deberían encontrarse, ya que la realidad es que perfecto no hay nada.

El tesoro más valioso que tenemos, el tiempo, se esfuma. Todo lo invertido en dar el 100% disminuye la implicación en lo verdaderamente importante: entregar un trabajo “perfecto” ocupa mucho tiempo, un tiempo que nos arrebatamos a nosotros/as mismos y a aquello que es congruente con nuestros valores. Es el manido, ¿Trabajas para vivir o vives para trabajar?

 

Cómo puede ayudarte la terapia

Encontrar el origen. Acudir al médico y que nos comunique que hemos sufrido un desmayo porque tenemos la tensión muy baja nos ayuda. Cuando hablamos de aspectos psicológicos ocurre lo mismo, comprender de dónde viene aquello que nos ocurre contribuye, por un lado, a darle sentido a lo que acontece en el presente y tener mayor sensación de control sobre ello y por otro lado a perdonarnos a nosotros/as mismos/as y a otros/as. Imagina por ejemplo que tu perfeccionismo viene de unos padres muy autoritarios y centrados en el logro, ser consciente de que actúas de la forma en la que te han enseñado implica que a pesar de que esa forma pueda dañarte, no lo haces por casualidad ni porque disfrutes con tu dolor, sino porque no podemos actuar de formas que no hemos aprendido, tienes la oportunidad de empezar a elegir.

Aceptar (a ti y al error). La aceptación es una de las cuestiones más básicas en la práctica totalidad de las terapias psicológicas independientemente de la problemática planteada, y es más fácil nombrarla que ejercerla. Tu terapeuta es la persona que acompaña ese proceso de hacer una aceptación sincera de quién eres, y específicamente como “perfeccionista” aceptar que los errores forman parte de la vida, y que de hecho acabarás siendo consciente de que es más fácil sentirnos identificados con la imperfección, porque somos seres imperfectos.

Comprometerte con lo verdaderamente importante. ¿Qué es valioso para ti?, ¿Qué tipo de persona quieres ser? cuando actuamos conforme (o somos congruentes) con nuestros valores, independientemente de las dificultades o el malestar que eso te pueda generar (por ejemplo, someterte a entregar un proyecto sabiendo que no has dado el 100%) te resarcirá el “ha merecido la pena” si actúas en base a eso que es importante. En ocasiones, nos sometemos a operaciones médicas y procesos muy dolorosos porque sabemos el valor que puede tener para nosotros la vida. Elige cada día qué quieres ser, en lugar de imponerte “ser el/la más en algo” y dejar ahí todos tus recursos, solo por la tiranía de la perfección.

Trátate bien. Parece muy básico pero…¿si tu mejor amigo/a te hablara como tú te hablas a ti mismo/a, cuánto tiempo seguiría siendo tu amigo/a? tu psicólogo/a te acompañará a descubrir la autocompasión, el autocuidado y el fomento de todo eso que un día has podido dejar en el trastero “para más adelante”. El primer paso para ser para los demás o para tus proyectos es ser para ti, nadie puede hacerlo en tu lugar, puedes empezar hoy.

 

“Las emociones “negativas” constituyen una parte inevitable de la experiencia como seres humanos, por lo tanto si las rechazamos, es como si estuviéramos negando una parte de nuestra humanidad. Para vivir una vida plena y gratificante (una vida feliz), tenemos que permitirnos experimentar toda la gama de emociones negativas. En otras palabras, tenemos que concedernos permiso para ser humanos”                                                                                          Tal Ben Shahar

 


Pilar Rico

Nº Col. M-31466

La Soledad

Se acercan fechas que, tradicionalmente, han significado el acercamiento con los seres queridos, para compartir una cena y unas cuantas conversaciones (algunas más cómodas que otras). La forma de celebrar las fiestas navideñas en nuestra sociedad la conocemos desde que somos pequeños y pequeñas, y de una u otra forma, ya tenemos completamente asociado el hecho de celebrar las fiestas con estar en compañía, tener cerca a gente a la que queremos o con la que nos une un vínculo familiar.

Sin embargo, existen otras realidades distintas a esa, de hecho bastante más crudas. Se dan casos de personas que no tienen a nadie… a absolutamente nadie con quien pasar las fiestas, pero no solo durante las fiestas, sino con quien relacionarse en el día a día, a quién contarles sus inquietudes, sus miedos, con quien expresarse emocionalmente. Y esto sucede en un mundo en el que la comunicación entre personas parece no tener ninguna barrera gracias a las nuevas formas de comunicación, principalmente a través de redes sociales. Paradójico, ¿verdad? Cada vez estamos más conectados y  cada vez nos sentimos más solos. ¿Qué está sucediendo?

Vayamos por partes. Si queremos hablar de soledad, tal vez sea necesario reflexionar acerca del concepto propio al que se alude. Y es que, si queremos analizar este hecho, no podemos quedarnos en la superficie.  No podemos pensar que la soledad es buena o mala, per se. De hecho, en la vida no creo que haya muchas “cosas buenas” o “cosas malas”, sino más bien existen hechos que dados en un determinado contexto pueden tener un significado, y en otro determinado contexto, otro significado distinto. La soledad pues, suele ser asociada con una carencia, un déficit, con una circunstancia triste o incluso con una situación no deseada, y esos son tan solo algunos de los muchos contextos donde la soledad está presente, pero no todos.

Llegados a este punto, es necesario hablar de varios hechos diferentes que pueden definirse con la palabra “soledad”. En primer lugar, la soledad elegida, un fenómeno que tiene que ver con el autoconocimiento, que consiste en la elección de pasar la mayor parte del tiempo con uno mismo o una misma, a pesar de que hay seres queridos con los que puedes elegir pasar el tiempo que quieras. Ésta, la soledad elegida, es una soledad que no suele provocar ningún sufrimiento, ya que forma parte del proceso de conocerse uno mismo, en muchas circunstancias y contextos. Por otro lado, la soledad no elegida es un fenómeno totalmente diferente al primero. No es la consecuencia de una decisión consciente acerca de cómo vivir la vida, sino el resultado de una serie de variables que suelen escapar de nuestro control. Tanto es así que podemos encontrarnos a personas que se encuentran solas por muy diversas causas, pero no porque lo hayan decidido.

Consideración especial merece una tercera situación; estar rodeado de gente y sentirte completamente solo. ¿Te suena? Este tipo de soledad también está creciendo y si nos detenemos y observamos, es una soledad bastante relacionada con el tipo de sociedad en la que vivimos, de la inmediatez, de la falta de reflexión, de la falta de pausa, de falta de disponibilidad… Todo ello provoca que tengamos, en ocasiones, grandes redes de contactos, a los cuales conocemos de manera superficial y con los que no contaremos cuando tengamos algún tipo de dificultad emocional.

Volviendo a la soledad no elegida, lleva causando preocupación desde hace algún tiempo, especialmente en el caso de las personas mayores. Cada día encontramos a más personas mayores solas. Existe una variable cultural que influye en este hecho, y es que, solemos tener un estereotipo creado acerca de las personas mayores, que se refuerza día a día, y que consiste en ver a las personas mayores como personas inútiles, poco válidas o sin nada que aportar. Esta variable es cultural en tanto que otras culturas no solo no cuentan con este estereotipo acerca de las personas mayores, sino que el rol de la persona mayor es diametralmente opuesto; son personas percibidas como fuente de sabiduría, escuchadas, preguntadas y ejercen un papel activo en la convivencia diaria.

¿Cómo cambiar esta tendencia? ¿Cómo luchar contra esta soledad no elegida? No es fácil y requiere tiempo y mucha educación emocional. La educación emocional es el arma para luchar contra problemas como la soledad, porque despierta las conciencias de la gente, fomenta una actitud empática y solidaria, hasta tal punto que genera más preocupación por el bienestar de las personas, cercanas pero también (y sobre todo) desconocidas.

A lo largo del día, es probable que nos crucemos con personas que se encuentran solas en la vida. De hecho, es probable que esto suceda y que ni tan siquiera nos percatemos de ello. Por ello, no hace falta situarnos en una perspectiva global para hacer frente a este problema social, sino que basta con tomar conciencia, detenernos, fijarnos en quiénes nos rodean y mostrar algo que, literalmente, nos define como especie: humanidad.

 


Alberto Álamo

Nº Col. AN08736

La fobia social

El tiempo parecía haberse detenido, o eso creyó durante un instante. Cuando Juan observó desde su pupitre el enorme reloj que colgaba sobre la pizarra, tuvo la sensación de que sus manillas se habían quedado tan atenazadas como él. Uno tras otro, todos sus compañeros desfilaron frente al improvisado atril que la profesora había dispuesto para que expusieran la tarea que se les había encomendado. Estaba tan asustado que ni siquiera podía atender a sus palabras. “Todos lo hacen bastante bien” pensó, “pero yo voy a hacer el ridículo otra vez”. Tic, tac. La luna, ese era el tema sobre el que le había tocado en suerte hablar, un cuerpo celeste que ahora se le antojaba distante y aterrador.

 

¿QUÉ ES LA FOBIA SOCIAL?

La fobia social es un trastorno de ansiedad que, según la evidencia disponible, puede afectar al 13,3% de las personas en algún momento de sus vidas. Se describe como un miedo intenso, a menudo incapacitante, que surge ante situaciones en las que debemos interactuar con otros. Como experiencia puede manifestarse tanto a nivel cognitivo (pensamientos en torno al fracaso o la posibilidad de sufrir un rechazo), como fisiológico (hiperactivación del sistema nervioso autónomo) y conductual (escape o evitación del hecho temido). Aunque este miedo aparece ante un amplio abanico de situaciones sociales (el 70% de las personas con el trastorno indica al menos dos contextos), lo habitual es que sea especialmente intenso en las que implican algún grado de juicio externo (como hablar en público, p.e.) y que esté precedido por pensamientos anticipatorios. A medida que el tiempo transcurre, y especialmente cuando no hay un tratamiento adecuado, el problema tiende a cronificarse y a generar un intenso malestar emocional.

 

¿POR QUÉ OCURRE?

La fobia social suele iniciarse en torno a los 11-13 años de edad (raramente aparece después de los 25), momento de la vida en el que emergen miedos relacionados con el fracaso académico o el rechazo social, junto a la necesidad de ser aceptado por el grupo de referencia. Existe amplia evidencia de que acontecimientos sociales negativos en este periodo (episodios de vergüenza intensa, humillación, etc.) pueden condicionar el modo en que la persona percibe sus relaciones con los demás. A todo ello se suman las hipótesis de otros autores procedentes de las teorías del aprendizaje vicario, que postulan la posibilidad de que los miedos de los padres sean transmitidos a sus hijos a través del modelado y la observación. Así pues, los cimientos del trastorno podrían construirse desde una edad muy temprana, definiéndose de manera definitiva con las primeras interacciones sociales durante la adolescencia.

Por otra parte, los estudios llevados a cabo con gemelos monocigóticos sustentan la posibilidad de que exista cierta base genética para este problema, al igual que se aprecia en otros trastornos de ansiedad (como la agorafobia).

 

¿CUÁLES SON SUS SÍNTOMAS?

La fobia social se manifiesta a nivel cognoscitivo (con pensamientos, creencias, etc.), fisiológico (activación del sistema nervioso autónomo) y conductual (evitación y escape). Para comprender la experiencia de las personas que sufren este problema de salud mental, es necesario conocer el modo en que todas estas dimensiones interactúan.

Síntomas cognitivos

Las personas con fobia social experimentan ansiedad anticipatoria, esto es, una forma de ansiedad que se caracteriza por pensamientos sobre hechos futuros y que conduce a su evitación. En este sentido, quienes padecen el trastorno pueden sentirse atribulados durante mucho tiempo cuando prevén que habrán de enfrentarse a un acontecimiento social (exponer en público, conocer a personas que no pertenecen a su círculo más cercano, etc.), sobre todo cuando éste implica algún tipo de juicio sobre su participación (lo que a menudo se acompaña de cefaleas tensionales y desajustes en el sistema digestivo durante días). También temen la posibilidad de que, una vez que se encuentren inmersos en el acto social, los demás puedan advertir el miedo que están experimentando (“voy a hacer el ridículo”, “notarán que estoy de los nervios y me rechazarán”, etc). Además de todo ello, en un elevado porcentaje de personas con este tipo de fobia se advierte un sentimiento de inadecuación social (real o percibida), que tiene su origen en la interpretación subjetiva de las interacciones con los demás que vivieron en el pasado.

Síntomas fisiológicos

Los síntomas fisiológicos son similares a los que se describen en un ataque de pánico, y constituyen la expresión de la hiperactivación del sistema nervioso autónomo. En este caso su aparición se limita a la participación en actos sociales, por lo que la persona puede predecir los momentos en que podría sufrirlos (lo que supone una anticipación de los mismos). Pueden empezar días o semanas antes de vivir la experiencia social como tal, y a menudo generan un malestar subjetivo importante. Por su relevancia, destacamos: palpitaciones, sudoración, sequedad de la boca, molestias abdominales, mareo o pérdida de equilibrio, dificultad para respirar y temblores (con un pico de intensidad a los 10 minutos tras su inicio). Por último, es importante destacar que las personas con este tipo de problema tienen una elevada conciencia de los procesos corporales, por lo que pueden llegar a focalizar su atención de manera excesiva en sus sensaciones físicas. Esta especial sensibilidad, cuando se interpreta de modo negativo o catastrofista (“va a ocurrir otra vez”, “mi corazón late demasiado deprisa”, “se va a notar que estoy sudando a mares”, etc.) puede contribuir a aumentar todavía más la ansiedad, siendo éste un círculo vicioso para el que necesariamente habrá que dotar de herramientas durante el proceso terapéutico.

Síntomas motores/conductuales

Estos son muy importantes, puesto que son los que contribuyen a mantener el problema a largo plazo. Entre los síntomas motores o conductuales destacan, fundamentalmente, el escape y la evitación. Debido a que las sensaciones fisiológicas y los pensamientos que acompañan a la fobia social resultan muy desagradables, la persona puede llevar a cabo esfuerzos notables por eludir su participación en las situaciones que pudieran provocarlos. En términos generales este tipo de conducta provoca un alivio inmediato (o refuerzo negativo), aunque existe un riesgo importante de que con el devenir del tiempo emerjan un progresivo aislamiento social y una pérdida de oportunidades en muchos ámbitos de su vida (académico, laboral, etc.). Hoy en día sabemos que precisamente las conductas evitativas se encuentran a la base de la alta comorbilidad de la depresión con la fobia social, por lo que constituyen un eje central en el tratamiento psicológico. Es importante señalar, por último, que algunas personas con fobia social (sin tratamiento) siguen enfrentándose a las situaciones que temen, a pesar del alto coste emocional y personal que para ellas puede suponer.

 

¿EXISTE UNA SOLUCIÓN?

Hoy en día disponemos de una serie de procedimientos psicoterapéuticos ampliamente validados, cuyo objetivo es intervenir en los aspectos que precipitan y mantienen la fobia social: desde los pensamientos catastróficos que preceden a la aparición de la ansiedad a los que surgen durante el afrontamiento del hecho que la provoca, hasta la regulación de las señales fisiológicas que resultan tan desagradables para quienes conviven con el trastorno. Asimismo, el abordaje en terapia puede incluir el desarrollo de habilidades sociales o el fortalecimiento de las que ya están disponibles en el repertorio de la persona, puesto que la evitación que acompaña a la fobia social puede haber supuesto una sustancial pérdida de oportunidades para su puesta en práctica y consolidación. Pueden ser usadas también tecnologías de videofeedback, a través de las cuáles la persona que acude a tratamiento puede valorar (junto a su terapeuta) el desempeño en una actividad programada en consulta (un discurso improvisado, p.e.), y reducir los excesivos juicios negativos que pueden acompañar a esta particular fobia. El programa se realiza siempre de un modo absolutamente personalizado, recogiendo y considerando las necesidades de cada caso individual, y construyendo a partir de este punto un tratamiento que contemple aproximaciones tanto cognitivas (reestructuración de los pensamientos, reinterpretación de las señales fisiológicas, etc.) como conductuales (entrenamiento en habilidades sociales, técnicas de relajación, etc.) u otras; y que valore paralelamente la posible presencia de otros problemas relevantes de salud (comorbilidad con agorafobia u otras fobias específicas) con el propósito de dar una respuesta integral, eficaz y eficiente.

 


    Joaquín Mateu
    Nº Col. CV-11848