Depresión Mayor

QUÉ ES LA DEPRESIÓN MAYOR

La depresión mayor es uno de los problemas psicológicos más frecuentes en todo el mundo (5-12% en hombres y 10-25% en mujeres a lo largo de la vida). Se manifiesta a través de dos síntomas de enorme relevancia por su capacidad para erosionar el bienestar emocional: una tristeza de relevancia clínica y una dificultad notable para experimentar placer (anhedonia) ante situaciones que anteriormente lo proporcionaban (extendiéndose ambas durante un periodo de dos semanas como mínimo).

Es importante destacar aquí, no obstante, que la tristeza en una emoción fundamental en el ser humano como reacción adaptativa ante una pérdida importante; por lo que sólo deberá ser considerada como sugerente de psicopatología cuando su intensidad exceda de lo previsible (dadas las características objetivas de la situación que la precipitó) y/o cuando condicione de un modo profundo el funcionamiento de la persona en diferentes áreas (académica, laboral, etc.). Además de estos dos importantísimos fenómenos clínicos, pueden emerger síntomas adicionales relacionados con procesos fisiológicos (pérdida/ganancia de peso o insomnio/hipersomnia), cognitivos (vivencias de inutilidad, culpa excesiva, enlentecimiento psicomotor, reducción de la capacidad para concentrarse, etc.) y conductuales (retirada social, aislamiento, etc.); así como otras alteraciones de etiología compleja (fatiga, acentuación del dolor, etc.). Es importante tener en cuenta también que se han descrito algunas diferencias en la experiencia depresiva de los niños (reaparición de algunos hitos del desarrollo previamente superados, como volver a orinar en la cama), los adolescentes (irritabilidad en lugar de tristeza) y las personas mayores (síntomas similares a los de una demencia cortical con una clara filiación emocional) respecto al modo en que ésta se manifiesta en personas adultas; precisándose una especial sensibilidad clínica en estos casos particulares. Por otra parte, la irrupción de ideación suicida es frecuente (60% de los que cometen suicidio padecían depresión), requiriendo en su caso una atención independiente.

En los últimos años la prevalencia total de la depresión mayor está experimentando un aumento significativo en países occidentales; erigiéndose como uno de los problemas de salud que más estrechamente se vinculan a mayor morbimortalidad, pérdida de capacidad productiva y sufrimiento personal. Por todo ello, su detección temprana y su tratamiento (basado en la evidencia) son de gran relevancia económica, humana y sanitaria.

LA RECURRENCIA DE LA DEPRESIÓN MAYOR

La depresión es un trastorno con una fuerte tendencia a la recurrencia, especialmente entre las personas que no han recibido un tratamiento adecuado para el mismo. Se estima que el 75% de los pacientes experimentará nuevos episodios en un momento posterior de sus vidas, especialmente en el primer año desde que se resolviera el anterior. Los principales factores de riesgo para las recidivas de este problema de salud son: que hayan transcurrido pocas semanas desde el último episodio (la tasa de recaída desciende progresivamente a medida que transcurre el tiempo desde la última vez en que se cumplieron los criterios diagnósticos), que el primer episodio haya ocurrido en una edad avanzada (especialmente durante la vejez), que la depresión emerja en el contexto de un cuadro físico crónico (enfermedades oncológicas, p.e.), la presencia de un trastorno bipolar subyacente, la mala respuesta al tratamiento (químico y/o psicológico) y la presencia de situaciones estresantes que se prolongan excesivamente en el tiempo.

CAUSAS DE LA DEPRESIÓN

Las primeras aproximaciones a las raíces de la depresión mayor vinieron de la mano de autores procedentes del ámbito del psicoanálisis, que fijaban su origen en un estancamiento en la fase evolutiva oral (lo que conducía a sentimientos hostiles que acababan dirigiéndose a la propia persona debido a la represión que ejercía el superyó sobre éstos). También indicaron que las pérdidas tempranas (en la infancia) propiciarían una situación permanente de vulnerabilidad ante experiencias posteriores difíciles (en la vida adulta), lo que se traduciría en la aparición de cuadros depresivos como una respuesta patológica al distrés emocional. En la actualidad, estas hipótesis han quedado relegadas por los avances derivados de campos de estudio más rigurosos
en su metodología de análisis, algunos de los cuales (conductual, cognoscitivo, social y biológico) señalaremos seguidamente.

Desde una perspectiva conductual, la depresión mayor se entiende como una pérdida de circunstancias/objetos/personas que anteriormente proporcionaban refuerzos (una relación con otra persona, una función del organismo, una expectativa de futuro, una oportunidad, etc.), desprendiéndose de ello que la retirada (aislamiento, p.e.) característica del trastorno pueda constituir un mecanismo que contribuye a su aparición y su mantenimiento. En otras palabras, la emergencia de una tristeza adaptativa como resultado de una pérdida significativa, junto a la evitación como estrategia pasiva de afrontamiento, conducirían a la acumulación progresiva de pequeñas pérdidas y a la consecuente evolución del estado de ánimo hacia la depresión mayor. Por lo tanto la conducta sería clave para entender la depresión desde este prisma, mientras que la articulación de un programa de contingencias supondría una parte esencial del tratamiento.

Desde un punto de vista cognitivo, entenderíamos que la depresión es el resultado del modo en que la persona percibe e interpreta su realidad. Así pues, la existencia de determinadas creencias rígidas sobre el modo en que el mundo, las personas y nosotros mismos deberíamos ser o comportarnos (conocidas en su conjunto como los debería absolutistas) se traducirían en
pensamientos autolimitantes que estarían a la base de nuestras emociones difíciles. Desde esta perspectiva, la depresión no se relacionaría directamente con los hechos que podrían haberla provocado en apariencia, sino que lo haría con el discurso interno que cada uno de nosotros lleva a cabo para explicar el porqué de esos acontecimientos y el papel que desarrollamos en ellos (“como esto ha salido mal todo va a salirme mal a partir de ahora”, “es algo insoportable que esta persona no se fije en mí”, etc.). Este tipo de contenidos mentales, que se caracterizan por ser poco objetivos e inútiles desde un punto de vista práctico, reciben la etiqueta genérica de pensamientos irracionales. La labor del psicoterapeuta consistiría en enseñar a identificar esos contenidos mentales nocivos, y proporcionar herramientas adecuadas para que la persona deprimida pueda debatirlos en busca de una visión más ajustada de los hechos y de su alcance.

Desde una perspectiva cognitivo-social, se ha intentado buscar el origen de la depresión en el modo en que las personas percibimos el grado de control que poseemos sobre los hechos negativos que concurren en nuestras vidas. En este contexto resultaría de especial relevancia la teoría de la indefensión aprendida, que describe la aparición de emociones difíciles como resultado de creer que ningún esfuerzo posible evitará la ocurrencia de un suceso aversivo que tememos intensamente (expectativa de incontrolabilidad). Esta reacción afectiva se debería a un sesgo de atribución, en el que la causa de ese hecho adverso particular quedaría asociada a factores externos (ajenos a uno mismo), estables (que no cambian con el devenir del tiempo) y globales (con incidencia en aspectos múltiples de la vida). Un concepto muy similar a éste sería el de desesperanza, que recoge la concurrencia de emociones depresivas y ansiedad (alto afecto negativo) de manera simultánea (al ser dos fenómenos clínicos con elementos comunes).

Por último, existe una perspectiva biológica para explicar el origen de la depresión, que toma como referencia la actividad (exceso o déficit) de ciertos neurotransmisores en nuestro sistema nervioso central (SNC). El conocimiento en esta área respalda la idea de la heredabilidad que se presupone a la depresión (evidenciada en estudios de gemelos monocigóticos adoptados por padres diferentes), y se sustenta fundamentalmente sobre la función de los ejes HHA y HHT (hipotálamo hipofisiario adrenal y tiroideo). En este sentido se ha observado una relación con la noradrenalina (acción farmacoterapéutica de los inhibidores de la enzima MAO que degrada a
este neurotransmisor), serotonina (reguladora del sueño, el apetito y la sexualidad; así como de las funciones ejecutivas que pueden verse comprometidas durante la depresión) y la dopamina
(relacionada con la experiencia subjetiva de placer mediada por la actividad del área tegmental ventral y el núcleo accumbens con sus respectivas proyecciones prefrontales, esto es, el sistema cerebral de recompensa). Desde esta perspectiva neurobiológica, la terapia de elección sería la
farmacológica. No obstante, resulta importante señalar que la mayor parte de estudios indican que el abordaje psicológico es tan eficaz como el uso de medicamentos (o incluso más), con la añadidura de que aquel permite obtener beneficios más duraderos y estables. También resulta el abordaje de preferencia para la mayoría de personas que sufren un trastorno depresivo.

LA DEPRESIÓN NO ES UNA CUESTIÓN DE ACTITUD

La depresión es, sin ningún atisbo de duda, una experiencia que reviste un significado profundo y que puede condicionar de manera importante la capacidad para ser felices y vivir en plenitud. Viktor Frankl, que recurría a una perspectiva humanista para el estudio de la misma, entendía que la depresión emergía cuando éramos incapaces de dotar de significado a una
experiencia difícil de nuestras vidas; y otorgaba a éste (la búsqueda de significado) el poder para trascender cualquier dificultad que pudiera tener lugar a lo largo del ciclo de nuestra existencia. Se trata de un ejemplo más de la complejidad fenomenológica de la depresión mayor, que aúna en su seno aspectos relacionados con la cognición, la conducta, la biología e incluso el propio sentido de trascendencia.

La búsqueda de ayuda para ella no supone en modo alguno una señal de debilidad, sino de fortaleza. En caso de estar sufriendo problemas del estado de ánimo es importante solicitar asistencia de forma temprana, pues un tratamiento adecuado e individualizado (proporcionado por un profesional con las competencias adecuadas) mejorará el pronóstico tanto a medio como
a largo plazo. La depresión no es, en definitiva, una cuestión de actitud.

 


Joaquín Mateu
Nº Col. CV-11848

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